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Cuidado con las mujeres como Lady Macbeth

“–¿Acaso has comido del árbol que yo te prohibí? –La mujer que pusiste a mi lado me dio el fruto y yo comí de él.” (Génesis 3, 11-12)

Hace un tiempo subí un artículo en torno a un poema de Sor Juan Inés de la Cruz, en el cual nos detuvimos a hablar sobre la mala influencia que pueden resultar algunos hombres para la mujer. 

Considerando que la balanza capaz haya quedado medio desbalanceada, me pareció adecuado hablar, en esta ocasión, desde el otro lado: ¿acaso la culpa es solo del hombre?

Hablar de esto trae a colación a uno de los villanos femeninos más famosos y terribles de la historia de la literatura: me refiero a Lady Macbeth.

La mejor tragedia de Shakespeare

Autor de famosísimas obras dramáticas. Consolidado como uno de los maestros del teatro y una de las plumas más influyentes de la historia. Supongo que William Shakespeare acá no requiere presentación. Todos hemos oído de historias como Romeo y Julieta o Hamlettragedias que abordan con fatalidad temas como el amor, el poder y la corrupción del ser humano. De hecho, estas dos mencionadas son sus obras más famosas (Hamlet es uno de mis libros favoritos). Pero opino (los conocedores díganme si estamos de acuerdo) que sin duda el mejor de sus dramas, el más profundo, es La Tragedia de Macbeth.

Silencio todos. Se abre el telón. Bajo la mirada de un nublado día, el camino de Macbeth, el barón de Glamis, es intervenido por 3 siniestras brujas con una profecía: “¡Salud, Macbeth, tú que rey has de ser!”. Incrédulo al principio, Macbeth presenciará cómo esos augurios se hacen realidad, y enceguecido, emprenderá una conspiración para asesinar al rey Duncan y tomar el poder. La obra se convierte en un oscuro debate sobre la ambición y la justicia. La naturaleza humana tiende de un hilo y poco a poco, nuestro protagonista irá labrando su propia ruina.

Pero a pesar de sus intenciones, el barón de Glamis es un hombre de poca sangre, y aún conserva una pizca de nobleza. Está en un duelo interno entre el querer y el hacer, consciente de que el mal siempre es pagado al final de la historia. Necesita un empujón, un corazón frío que avive su ambición. Nada hubiese podido lograr sin las palabras insistentes de su esposa.

La mujer que renunció a su maternidad

“¡Venid, espíritus, hasta mis pechos de mujer y transformad mi leche en hiel!”

Entra en escena la esposa de nuestro protagonista. Y con uno de los monólogos más terribles del teatro shakesperiano. Lady Macbeth es un personaje impactante en todo aspecto. Sus primeras palabras son un reproche a la debilidad de su esposo, mediocre para tomar el poder por la fuerza. Por el contrario, en ella la ambición es mucho más intensa, y está dispuesta a lo que sea para ser coronada reina.

En sus palabras, se hace patente una realidad que Shakespeare, intrínsecamente, rescata, que es la naturaleza femenina. Según Juan Pablo II, se trata de una naturaleza dispuesta al cuidado de la vida. Comprendemos que es propio de la grandeza de la mujer ser sostén, sensibilidad y cuidado. Es más perspicaz en el detalle y más atenta a las necesidades de los demás, algo que adquiere un sentido en su maternidad.

Pero Lady Macbeth destruye esa naturaleza, convirtiéndose en la antítesis de la feminidad: “¡Arrancadme mi sexo y llenadme del todo, de pies a la cabeza, con la más espantosa crueldad!”.  Para asesinar al rey, es necesario despojarse de todo sentimiento, incluso de su maternidad. Y lo hace, en su primera aparición, invocando a los espíritus del mal para que la “limpien” de todo vestigio de compasión o de dulzura que pueda perturbar su propósito. Es interesante la semejanza que guarda esto con nuestra actualidad, con mujeres que “renuncian” a su maternidad y, al fin y al cabo, terminan renunciando a toda su esencia. Pero no nos quedaremos con eso.

El poder de la persuasión

“Ven pronto, ven, para que pueda vaciarte mi ánimo en tus oídos, y azotar con el brío de mi lengua todo lo que te aparta del círculo de oro.”

Macbeth intenta convencerse de no cometer el crimen, consciente de que la espada de la justicia purgará las malas acciones. Pero Lady Macbeth, con frialdad, astucia y facilidad de palabras motiva al barón de Glamis, haciéndole creer que es el único modo de consumar la profecía de las brujas. Y es increíble cómo lo persuade, aguijoneando su orgullo y mofándose de su hombría y su falta de valor. He aquí cuando somos testigos de otro rasgo que el autor inglés remarca con agudeza, que es el poder que puede tener una mujer cuando renuncia a su ternura y a su delicadeza.

El padre Horacio Bojorge expresa el peligro que la mujer puede ser para el hombre cuando ésta conoce sus debilidades: “Porque además, a medida que la mujer conoce más al varón, más conoce sus limitaciones (…) El demonio no necesita inventar nada para ponerla contra el marido. Basta que la envenene”.

Se ve eso mismo en las palabras de esta villana, quien conoce demasiado bien al Lord sabiendo que se encuentra en un dilema moral: “temo por tu naturaleza demasiado repleta por la leche de la bondad humana como para tomar el camino más breve (…) no quieres jugar sucio, aunque sí triunfar con el engaño”. Cuando el sexo femenino es corrompido (no desde sus placeres corporales como el hombre, sino desde su interioridad), pasa de ser cuidado y auxilio, a una fría destructora. Cualidades como su tacto y su perspicacia se invierten, siendo utilizadas para un fin egoísta. 

Cuidado con la mujer

“Los actos contra la naturaleza engendran disturbios contra la naturaleza; y las mentes infectas confiarán a sus sordas almohadas sus secretos.”

Hay una serie genial, Barry, en la cual un capítulo transcurre en torno a esta tragedia. Allí tiene lugar el siguiente debate: ¿es que acaso Macbeth no pudo haber elegido no hacer el mal? Y sí, es verdad. Macbeth en su libre albedrío siempre tuvo la posibilidad de optar por el bien. Pero los seres humanos nunca seremos absolutamente libres, y cuando de los sexos hablamos, no hay nada que nos condicione más como el sexo opuesto. Varón y mujer se complementan, lo que hace que él influya en ella, y ella influya en él. Y por esa razón, ambos pueden ser para el otro, o el cielo, o el infierno.

Entendiendo eso, no hay nada más astuto para convencer, más hábil para incitar y nada más peligroso para el varón que una mujer corrompida interiormente. Ellas logran conocernos mucho mejor que nosotros mismos, y cuando renuncian a su feminidad, tienen la agudeza de saber dónde persuadir y cómo llevar a un imprudente Macbeth a la ruina.

***

No es una novedad que estamos atravesando una crisis sexual, lo cual no es sino una crisis metafísica. La degradación del varón y la mujer ha causado severos daños en nuestra naturaleza, y uno de ellos es la corrupción de la feminidad.

Lady Macbeth es un claro reflejo de esas mujeres incitadoras, venenosas y que terminan siendo para nosotros motivo de tropiezo. Y también es una advertencia para conocer que tenemos una debilidad, y que nuestra alma debe quedar en manos de aquella que no se aproveche de nuestras miserias… sino que nos motive a la virtud.

Si te gustó este post, soy Juani Rodriguez pero @decime.negro

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