Consejos ante la muerte de alguien querido



Hemos iniciado este mes con el día de los Fieles Difuntos, el 2 de noviembre, también conocido como Día de los Muertos o de Finados. En cuanto al aspecto mental y emocional, es una fecha en la que traemos a la memoria a aquellos seres queridos que ya no están físicamente con nosotros —de alguna forma como parte de la etapa final del duelo—, aceptando su ausencia definitiva.

Cuando pienso en esto, siempre recuerdo la canción de Sui Generis, El show de los muertos, con su frase inicial: “Tengo los muertos todos aquí, ¿quién quiere que se los muestre?” Es un tema que se refiere a esos sentimientos que trae el recuerdo de los que partieron hacia la otra vida. ¿Cómo hacemos para que la memoria de nuestros difuntos sea saludable, esperanzada y positiva, y no de bajón o mal rollo? Veamos.

El miembro fantasma

El síndrome del miembro fantasma es un fenómeno por el cual una persona a quien se le ha amputado un miembro percibe sensaciones como si aún estuviera ahí. Se ha investigado que el cerebro tiene áreas específicas para cada parte del cuerpo y, por tanto, aunque el miembro ya no esté, su zona neuronal seguirá buscándolo y tomará señales “prestadas” de secciones vecinas.

Nos pasa igual con las relaciones significativas: continuamos queriendo encontrar a esas personas y terminamos intentando llenar su vacío con otras cosas, desde el llanto inconsolable hasta vicios o situaciones peligrosas.

En consecuencia, lo sano es aceptar ese vacío y asumir que nada lo podrá llenar.

Utilidad de la muerte

¿Y si nunca muriéramos? Seríamos capaces de posponerlo todo para… siempre. O, más claro, para nunca. La muerte, en consecuencia, nos recuerda nuestros límites y nos llama a la acción. Para los creyentes, además, la muerte es la antesala de la vida eterna, del fin último.

Ocurre, sin embargo, que de ordinario no hacemos estas consideraciones, pues sentimos la muerte como algo lejano hasta el momento en que enfrentamos el deceso de un ser querido. Esto nos lleva a clamar al cielo porque teníamos la fantasía de que esa persona nunca nos dejaría.

Abrazar la inevitable realidad de la muerte como una puerta por la cual todos debemos pasar —y que nos obliga a vernos con la humildad de quien recibe la vida como un regalo—, nos ayuda a aprovechar cada minuto de nuestra existencia. Nos ayuda también a valorar nuestros vínculos con quienes están y con quienes ya no.

Adversidad compartida

Hay muertes que golpean más que otras, por inesperadas. Aun así, son situaciones que transitamos junto a otros: familiares, amigos, etc. Siempre tenemos a alguien que no solo entiende lo que vivimos, sino que está pasando exactamente por lo mismo. Si murió un padre, nos acompañamos como hermanos; si un hijo, nos acompañamos como padres. Entonces, es un duelo que procesamos juntos, de manera que nos podemos contener y sostener entre nosotros.

Al recorrer el camino de la pérdida al lado de otros, esa dimensión social —tan humana— nos levanta cuando caemos y nos da fuerza para dar la mano a quien ya no puede más.

La herencia

Cuando vemos esta palabra, lo primero que pensamos es en cosas materiales: dinero, una casa, el piano del abuelo… Pero va más allá. Toda relación significativa nos deja memorias, aprendizajes, principios que permanecen en nosotros y nada logrará quitarnos. Al igual que lo físico, lo psicoafectivo y lo espiritual también debe ser atesorado y tratado con respeto y cuidado.

En ocasiones, ponemos esa herencia en la bodega de la memoria para que se empolve, porque nos cuesta mirar ahí por el dolor que produce. Otras, tenemos tan presentes esas memorias que parecería que es una foto que no dejamos de sostener frente a nuestros ojos.

El amor por el otro crea vínculos que no se disuelven con nada, ni siquiera con la muerte. El considerar que somos receptores de un legado que debemos continuar nos permite proseguir con alegría nuestros días.

Aceptación

Amar a alguien no significa aferrarse a su memoria, como un niño se agarra a la pierna del papá. Amar también significa saber soltar. Hay muertos a los que no se les permite ir; bueno, al menos a su recuerdo.

Urnas de cenizas que se mantienen en las chimeneas, habitaciones que devienen museos del difunto, familias enteras que parecen haber detenido el tiempo en un obituario. Esto ocurre cuando nos negamos a obedecer a la realidad de que los difuntos no volverán, y de que no podremos demostrarles todo lo que los amamos si nos seguimos vistiendo de negro para siempre.

Hay que aceptar que, si no está en nuestras manos cambiar una circunstancia dolorosa —como el deceso de un ser querido—, sí podemos elegir la actitud con la que enfrentamos ese sufrimiento. Con fe, esperanza y amor se hará un duelo más sano.

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Hay olores, lugares, sonidos, sabores que nos regresan a aquellas personas que perdimos. Cuando traemos a la mente a estos seres queridos, es mejor hacerlo desde la nostalgia y la gratitud en lugar de la culpa, el rencor, la frustración o el miedo. No está en nosotros devolverles la vida, pero sí mantener su legado vivo en nuestra existencia —y en quienes vendrán—. Y en el proceso, nos daremos cuenta de que los dejamos partir con esperanza y la mira en las estrellas.

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