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Día: noviembre 17, 2025

El coraje de ser santos

Podemos observar que en los últimos años ha ocurrido algo nefasto en la sociedad: se ha perdido el interés por la perfección de la vida. No se trata solamente de no ver o no entender la belleza de Cristo, sino de ni siquiera considerar lo valioso de una vida sin desmesuras y medianamente ordenada.

Es interesante como crece en proporción similar la cantidad de gimnasios y locales de belleza. Por un lado, parece que el cuerpo ha recuperado su valor de expresión de belleza. Por otro lado, el hombre se ha olvidado que es una unidad, no mera criatura material. Que el “templo del Espíritu Santo” (I Cor. 6, 19) debe estar habitado por el alma. De otra manera se convierte en sepulcro de su propio valor.

Cuerpo y espíritu

Decía San Juan Pablo II en una audiencia “ser santos significa tener el coraje de ir contra la corriente, de amar cuando otros odian, de perdonar cuando otros se vengan”[1]. Pues bien, quizás sea hora de despertar ciertas conciencias adormecidas por la comodidad de la vida material e invitarlas a, con coraje evangélico, muestren la autenticidad de una vida cristiana que aúna las dimensiones del hombre.

La segunda parte de la cita es, a su vez, motivo de reflexión para cualquiera de nosotros. No se trata sólo de enfrentar la realidad con valentía, sino de entender que gran parte de este camino exige amar y perdonar. Ciertamente, debemos decir alguna palabra frente a los problemas actuales. Siempre con la humildad de quien lleva un mensaje que no es suyo: un servidor de los hombres por amor a Cristo.

Retomando el tema del cuerpo, el Papa dijo “la pureza no es una negación, sino la afirmación gozosa de quien sabe vivir el cuerpo como expresión del amor verdadero”[2]. La santidad que debemos predicar sobre la exaltación del cuerpo es retomar la mirada pura sobre el hombre haciendo de aquél expresión de ésta. La belleza exterior ayuda a mostrar la persona y que no sea una máscara que oculte quiénes somos.

Lujuria y castidad

Lo anterior sucede por la lujuria. Pues dice el Papa: “la lujuria no es simplemente una debilidad; es la pérdida del sentido del don del cuerpo y del otro”[3]. Cuando uno olvida el fin del cuerpo tiende a despreciarlo o enaltecerlo.

Sucede que, si bien el cuerpo no es algo a poseer, tiene una función bastante clara otorgada por su mismo Creador: expresar a la persona, expresar sus intenciones. Así como una lapicera puede usarse para escribir o para lastimar a alguien, con el cuerpo ocurre lo mismo. Tanto uno como el otro poseen una finalidad natural que, adecuando mi acción a ella, se expresa de mejor o peor manera. No se trata simplemente de mostrar la intención del varón o de la mujer, sino que sea algo verdadero que señale su bondad natural.

Por este motivo, debemos buscar la pureza del corazón, ya que “la castidad libera al amor del egoísmo y lo hace capaz de donarse plenamente”[4]. Por medio de la castidad, las intenciones de la persona se vuelven adecuadas para su naturaleza, para lo que está llamada a ser. La castidad es la virtud que ordena nuestros afectos hacia el amor, es decir, hacia el bien del amado.

Sexualidad y santidad

¿Por qué hablamos de sexualidad dentro del tema de la santidad? Justamente porque la sexualidad es un elemento constitutivo de la persona, transversal a todas sus dimensiones.

Por lo tanto, es imposible dejarla fuera de la vivencia de la santidad. De hecho, es en la sexualidad donde, de modo especial, se pone a prueba nuestra capacidad de amar al otro.

En el terreno sexual se abren dos posibilidades: entregarnos y recibir al otro como don o, simplemente, usar al otro. Es una pena que hoy en día entre muchos jóvenes creyentes y adultos, también, se tenga una vivencia de la sexualidad totalmente desconectada de la vida de Fe.

Se piensa que son dos realidades que van por vías paralelas que nunca se cruzan. Esto es un grave error que se arrastra desde hace algunas décadas. Sin embargo, la magnífica Teología del Cuerpo de San Juan Pablo II (la cual forma parte de la enseñanza de la Iglesia) nos enseña que la Fe y el amor deben “tocar” nuestra carne y transformarla para que seamos cada vez más semejantes a Cristo.

A través de numerosos medios, en especial el lenguaje del cuerpo, el Creador nos revela a qué estamos llamados a través de la sexualidad. En concreto, se trata de darnos a conocer de qué modo debemos vivirla para alcanzar la felicidad, que es la comunión con Él. La sexualidad vivida como Dios enseña es camino y medio de santificación, nos libera del egoísmo y nos posibilita la entrega por amor en una comunión de personas.

Amar como Él ama

Por el contrario, cuando no somos fieles a la inspiración del Creador, plasmada en nuestro cuerpo, nos inventamos una sexualidad a medida de nuestros deseos y conveniencias. Nos alejamos del camino señalado por Jesús.

Es bueno recordar que Cristo nos pidió, para ser santos, que amemos con la medida de Su amor: “ámense los unos a los otros como yo los he amado” (Jn. 15, 12). Si para ser santos debemos amar como Jesús lo hizo, este amor se manifiesta a través del cuerpo y de los actos que realizamos con él, es necesario plantearnos con sinceridad qué espacio le damos en nuestro interior y en nuestro actuar a la pureza.

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La Sagrada Escritura y el Magisterio de la Iglesia han sido siempre claros sobre el sentido de la sexualidad. Cristo nos dejó su Gracia que se derrama en los sacramentos para darnos la fuerza que hace falta para vivir en plenitud este gran misterio del varón y de la mujer. No se trata de un ideal inalcanzable, sino de una realidad concreta y posible que se hace carne en cada vez más jóvenes que son comunes y corrientes. Se proponen gozar de una vida más plena y llena de sentido.

Nuestro buen Dios no es cínico, no nos abruma con pesadas cargas. Todo lo contrario, Su Palabra nos libera de las ataduras del pecado y nos muestra la inmensa vocación para la cual fuimos creados: la grandeza de un Amor a medida divina y con certeza de eternidad. Él sabe que lo necesitamos y que podemos lograrlo, por eso nos invita a vivir así.


[1] Audiencia general, 14 de abril de 1999.

[2] Audiencia general, 8 de abril de 1981, 6.

[3] Audiencia general, 23 de julio de 1980, 2.

[4] Familiaris Consortio, n. 33 (1981).