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Día: noviembre 3, 2025

Castidad en el Noviazgo

La castidad es una virtud que generalmente ha tenido muy mala fama. Se asocia a vivir reprimido o en una actitud negativa hacia el sexo.

Los motivos que han llevado a verla como una virtud poco gustosa son varios. Entre ellos, las corrientes anti normativas que se han extendido tras la Revolución sexual y la falta, quizá, de una explicación clara y bella sobre la sexualidad humana y la castidad por parte de la Iglesia Católica. Recordemos que esta carencia se ha encontrado en medio de un mundo hipersexualizado y muy hostil ante cualquier explicación moral.

Considero que la triste realidad de hoy en día sobre la moral es que se ha diluido. Es decir, se han perdido las bases o los anclajes a la hora de vivir la sexualidad, lo cual supone un problema, especialmente para los más jóvenes.

Por eso, el mensaje o la explicación que hemos de transmitir ha de ser positivo, ya que tiene mucha más fuerza de atracción lo bello. La virtud de la castidad no va de prohibiciones, sino de proteger el atractivo verdadero de la sexualidad creada por Dios. Por ende, para querer vivir la castidad, es necesario entender dos bellas cosas creadas por Dios para su gloria.

La primera: los deseos.

Los deseos en sí mismos no tienen por qué ser malos, al revés, los ha creado Dios y depositado en nuestro corazón.

El deseo sexual claramente también ha sido creado por Dios. Su finalidad no es verse satisfecho impulsivamente, sino ser trascendido para la entrega de la persona.

Por ejemplo: si yo deseo acostarme con un hombre, ¿eso me lleva a amar verdaderamente? Si ese hombre es un desconocido lo que sucede es que todo quedará en un intercambio de placeres que dejará tras de sí mucha insatisfacción en el corazón. Ahora bien, si ese hombre es mi esposo, y ese acto nos lleva a expresar la entrega mutua y plena, entonces estará bien ordenado e integrado.

De alguna manera, los deseos del hombre están relacionados con cualquiera de las dimensiones de la persona: biológica, psicológica, afectiva y trascendente. Por eso es bueno aprender a reconocerlos.

Los deseos se caracterizan porque aparecen “espontáneamente”, son pasajeros y, sobre todo, son educables. No se han de tratar de reprimir o anular, y tampoco hemos de obsesionarnos con ellos. Solo requieren una comprensión y una purificación que nos lleve a alcanzar los anhelos de plenitud puestos por Dios.

La segunda: la sexualidad

¿Sabemos realmente lo que es?  En primer lugar, la sexualidad es la facultad que nos hace ser quienes somos, como hombre y como mujer, nos da una identidad personal. Dios nos creó a su imagen y semejanza como hombre o como mujer.

En segundo lugar, la sexualidad tiene la finalidad de mostrar nuestro amor a través del cuerpo: “te quiero con todo y te lo expreso con mi cuerpo en la entrega sexual”. Por lo tanto, la sexualidad existe por amor y para amar.

Y, en tercer lugar, con la sexualidad colaboramos con el proyecto creador de Dios a través de los hijos.  Gracias a la reciprocidad entre hombre y mujer que expresan con sus cuerpos la entrega somos cocreadores con Dios.

La sexualidad se vive en todos los niveles de la persona, siendo necesario que todos ellos estén integrados para vivir una sexualidad plena:

  • el nivel más biológico que supone la atracción entre varón y mujer,
  • el nivel afectivo que supone el estado sentimental (claro ejemplo es el enamoramiento pasajero),
  • el nivel espiritual que te permite conocer la realidad, aceptar a otra persona tal cual es, y que con la inteligencia y la voluntad te lleva a la entrega gozosa total y para siempre,
  • podríamos, también, añadir el nivel trascendente que lleva al amor de Dios que nos amó primero.

Solo podemos amar y entregar nuestra vida si existe coherencia en todas esas dimensiones.

La virtud de la castidad en el noviazgo

La castidad es la virtud precisamente que integra todos esos niveles del amor. Es una virtud ¡para todos!, porque todos hemos sido creados para amar, no para utilizarnos unos a otros. Cada uno la expresará en la manera propia según su situación.

Por ejemplo, un sacerdote o consagrado en el celibato, un casado en la entrega corporal en una relación sexual que expresa la entrega verdadera de la persona, y unos novios en la espera.

Es la virtud de los que se aman y que viven su sexualidad con vistas a un bien superior, de los que quieren realmente proteger el valor de la capacidad de amar. Lo más propio del hombre, lo que más le engrandece, es ser dueño de sí mismo, de sus pasiones, y precisamente la castidad nos hace capaces, con la Gracia de Dios, de gestionar los deseos sexuales para vivir la entrega de la vida.

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Por lo tanto, la castidad es una virtud que esconde una belleza impresionante que urge ser descubierta. Para ello, todos necesitamos ser ayudados (a través de los sacramentos y de la oración), porque somos frágiles y requerimos de dosis enormes de gracia para responder a la llamada del Amor según la situación vital en que nos encontremos.

A los novios les diría que no pasa nada por esperar, que aprovechen esta etapa de discernimiento para conocerse mejor y ver si realmente pueden ser compañeros de vida, que este escalón en su viva sirva como entrenamiento positivo para el futuro matrimonio, porque el amor es lo más grande que podemos dar.