Si pudiéramos entender, muchos ya lo hacen, que Dios es nuestro Padre, sería más fácil querer conocer cuál es Su plan para nosotros. Poco a poco nos dejaríamos revelar el misterio de la felicidad, donde todo se puede, pero hay que elegir.
La castidad es una virtud que nos llena. Como ese bocadillo chiquitito que es lo que faltaba o necesitaba. Parece imperceptible y prescindible, pero es un pie fundamental para sostener la templanza y fortaleza en todo lo que hacemos.
Soltería: los ojos
Así, como sucede en las mejores películas románticas, las clásicas que nunca fallan, ese misterio de ir conociéndose comienza por medio de miradas. El lenguaje corporal no puede evitar hablar por sí solo, cada cosa que hacemos, decimos y callamos.
Fundamentalmente, como nos ven, no en función de quedar bien, sino ser conscientes que nuestro porte refleja lo que llevamos dentro. ¡Qué mejor que revisarlo una y otra vez con nuestro Padre!
Tenemos una historia y todo un entorno que debemos poner en su lugar para poder avanzar. No se trata de ir probando, sino de estudiar, analizar y programar lo que queremos. Es necesario, entonces, pensar en nuestro futuro, nuestros sueños. Siempre, a los ojos de Él y con Él.
El plan de Dios para mi
Hoy no está para nada bien visto, o por lo menos no se envidia, el plan original de Dios. Nada más lejos: disfrutar libremente y sin compromisos de ningún tipo el viajar, conocer, degustar o realizarse profesionalmente.
El plan de Dios va de la mano con todo eso, porque ¡es bueno! Sin embargo, no es el fin último.
Es preciso saber moverse en lugares donde se pueda conocer personas que piensen como yo. De ese modo, me ahorro muchos desacuerdos importantes para compartir con alguien completamente diferente a mí, toda la vida.
Es conveniente, para ello, cuidar los ojos de quienes me rodean o cuidar la mirada que puede traicionarnos. También, cuidar el pensamiento y tenerlo al margen, para que no nos interrumpa de repente en cualquier momento del día.
¡Más vale fichar, para elegir! Es un juego donde el corazón y la razón nos van guiando, siempre de la mano de la Virgen.
Noviazgo: el corazón
Quién hubiera dicho que esta etapa iba a ser tan hermosa y dulcemente complicada. Una catástrofe de crisis y, al otro día, amor fuerte. Como cualquier proceso, va madurando con dolor y alegría. Conversaciones incómodas pero muy necesarias que van a agradecer el resto de sus días.
Produce una ilusión tremenda de compartirlo todo, pero que aún tiene un sabor amargo. No termina de acordarse al cien por cien, y en el fondo y en la oración, no caben dudas de que esa es LA persona.
Así, seguimos eligiendo y no ciegamente, pero sí con mucha ayuda de arriba. Aprendemos mil virtudes porque el otro me exige y uno quiere mejorar también. Es la parte incierta de la película donde parece que se separan para siempre y se siguen buscando inevitablemente. Algo los une a pesar de todo: se eligen pase lo que pase.
Amar y amarnos a nosotros mismos, cuidándonos
Pueden aparecer otros personajes, y ¡es bueno! Ayudan mucho a diferenciar, contrastar y reafirmar esa elección. Sin embargo, es importante sujetar las riendas de los sentimientos, sobre todo en las reconciliaciones.
No hay excusas para luchar por amar bien: respetar al otro, y a nosotros mismos, en el estado de hoy (solteros). Es necesario, entonces, cuidar esta etapa y confiar, buscando y conociendo, lo que el Señor nos dejó y continua por medio de la Iglesia. También, formarse y querer entender sus planes que, al fin y al cabo, muchos miles de seres humanos a lo largo de los años nos demuestran que son la verdadera felicidad.
Y si, así como lo es el esfuerzo en cada rutina del gimnasio, o la espera para un postre tan empalagoso, no es en vano esperar hasta la entrega total. Es para el bien de los que aman a Dios. Solo así podemos perseverar, y cuidandonos a nosotros también.
Matrimonio: entrega total, la fidelidad
Y llegó ese día. Con más o menos tropezones hemos llegado a la meta. No se puede creer, realmente es mejor que cualquier best seller de novelas románticas de los 70. Por fin, solos haciendo nuestro proyecto. No hay nada que ocultar, ya nos veníamos conociendo a lo largo de ese tiempo previo. Ya pasamos muchas incomodidades, sacamos todas las cosquillas, pusimos en la mesa todo lo no negociable y no hay nada que reclamar.
Yo te elegí o, mejor dicho, yo dije que sí a ese plan anterior a mí, a nosotros. Quiero, y para siempre, sin poder más que agradecer de tan enorme regalo: el que alguien más te elija, te quiera con todo, esté dispuesto a ayudarte, sostenerte, apoyarte y aprender cada día más a quererte mejor.
El matrimonio es algo humanamente impensable, que cada vez va perdiendo más cuerpo, más sentido. Sin embargo no puede más que perfeccionarnos. Como resultado de tanta grandeza expresada aquí, más regalitos. Así, como lo fuimos cada uno en su momento con nuestros padres, llega el momento en que, de nuestra unión, nace alguien nuevo pensado desde siempre por Él.
¿Nos damos cuenta de lo que tenemos entre manos? ¿De este proyecto confiado a nosotros, reflejo del Gran Amor?
Un camino de Su mano
Por eso, conviene siempre ir de Su mano, con la intercesión de Su Madre y, también, nuestra. Buscando con toda sencillez mientras queremos querer conocer y entender los mejores misterios y únicos capaces de hacernos verdaderamente felices.
Todo lo demás es una consecuencia: viajes, comidas, momentos compartidos. Nada de eso tiene sentido si nos falta lo único importante. Dios quiso que, en estos casos, sea de a dos. Solo en Él podrán hacer frente a cualquier dificultad de este mundo, porque en Él se ha unido para siempre. Es para ser felices ya, ahora y aquí en la tierra.
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La castidad es guardarse en los sentidos, en el pensamiento y en el corazón para el Señor. En cualquier estado, vocación y condición, sin excepción de personas. Todas necesitamos este dominio para crecer y madurar, para relacionarnos con los demás cuidando de nosotros. Solo así podremos ver a Dios.
Bienaventurados los limpios de corazón porque verán a Dios.