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Día: junio 24, 2025

León XIV y las grandes revoluciones

A lo largo de los siglos, la humanidad ha vivido tres revoluciones significativas que han cambiado radicalmente nuestra forma de vivir, amar y, fundamentalmente, entendernos a nosotros mismos. Estas son la revolución industrial, la revolución sexual y, actualmente, la revolución tecnológica.

Cada una de estas revoluciones trajo consigo avances, pero también, sembró las semillas de futuras crisis. Estos cambios representan un desafío directo a nuestra identidad. Esto lo comprendió León XIII y su sucesor, León XIV. Así,

  • la revolución industrial impactó a la familia;
  • la revolución sexual cuestionó la diferencia sexual;
  • la revolución tecnológica pone en jaque a la persona humana en su totalidad.

1. Revolución Industrial: la familia fragmentada

A finales del siglo XVIII, las sociedades rurales comenzaron a transformarse en entornos urbanos, donde las fábricas, los horarios de producción y un ritmo mecánico se hicieron predominantes. Los productos que antes se elaboraban con esmero artesanal empezaron a fabricarse en masa. El trabajo, que solía realizarse en el contexto familiar, ahora alejaba al padre del hogar durante largas jornadas.

La Iglesia no se quedó al margen. El Papa León XIII, en la encíclica Rerum Novarum (1891), afirmó que es inhumano “abusar de los hombres como de cosas de lucro y no estimarlos en más que cuanto sus nervios y músculos pueden dar de sí” (RN, n. 15).

Años más tarde, el Papa Francisco advertiría: “las tragedias comienzan cuando el objetivo ya no es el hombre, sino la productividad, y el hombre se convierte en una máquina de producción” (Discurso en Santa Cruz de la Sierra, 9 de julio de 2015).

Los efectos en la estructura familiar fueron claros. La unidad cotidiana del hogar y el trabajo se fracturó. Así, muchos hombres se ausentaron de la crianza de sus hijos.

Entonces, bajo el resplandor del progreso, la familia comenzó a ser desplazada del centro de la vida humana. ¿Está el trabajo al servicio del hombre, o es el hombre quien está al servicio del trabajo?

2. Revolución Sexual: la diferencia negada

Ya en el siglo XX, especialmente desde los años 60, emergieron nuevos movimientos que buscaban liberar la sexualidad de sus supuestos condicionamientos tradicionales. La llegada de la píldora anticonceptiva permitió desvincular el acto sexual de su apertura a la vida, moviendo el enfoque de la sexualidad de la familia hacia el individuo.

Por otro lado, bajo la promesa de libertad absoluta, el aborto permitió eliminar cualquier “consecuencia no deseada”. Así, el sexo dejó de verse como una realidad ligada al matrimonio y la familia y bajo una perspectiva puramente hedonista.

Margaret Sanger, fundadora de Planned Parenthood, decía: “lo más misericordioso que una familia puede hacer con uno de sus miembros infantiles es matarlo” (The Woman and the New Race, 1922). Su visión promovía una sexualidad sin compromisos y sin hijos, considerando la estructura familiar como una forma de opresión.

Marx, también, creía que la “lucha de clases” fundamental residía en el matrimonio monógamo y, de hecho, en la propia diferencia sexual. «La primera división del trabajo», escribió Marx junto con Engels, «es la que se establece entre el hombre y la mujer para la reproducción de los hijos» (La ideología alemana, 1932). A su vez, Engels afirmó que la teoría marxista «exige la abolición de la familia monógama como unidad económica de la sociedad» (El origen de la familia, la propiedad privada y el Estado, 1884).

John Money, psicólogo y sexólogo, fue pionero en introducir los términos “identidad de género” y “rol de género”. Sostenía que el género se aprende, no es biológico. Sus trágicos experimentos con seres humanos introdujeron estas ideas en el ámbito académico.

Benedicto XVI citó a Simone de Beauvoir (“Mujer no se nace, se hace”) para advertir sobre esta ideología: “el sexo ya no es un dato originario de la naturaleza, sino un papel social del que se decide autónomamente. Esta filosofía representa una falacia profunda” (Discurso a la Cúria Romana, 21 de diciembre de 2012).

Si la revolución industrial había sacado al hombre del hogar, la revolución sexual también ha desterrado a la mujer del hogar. Mas aún, ha hecho más difícil la conformación de un hogar familiar.

Frente a estas ideas, podríamos preguntarnos: ¿realmente somos los creadores de nuestra identidad? Si es así, ¿qué ocurre cuando destruimos las mismas bases sobre las que se sostienen la supervivencia de nuestra civilización?

3. Revolución Tecnológica: la persona borrada

Hoy, en pleno siglo XXI, estamos rodeados por un mundo que está completamente dominado por la tecnología digital y la inteligencia artificial. Casi todo lo que hacemos pasa por pantallas: nuestras amistades, nuestros pensamientos, nuestras decisiones. Nos encontramos cada vez más desconectados de la realidad y más conectados a algoritmos.

Yuval Noah Harari, un historiador y escritor israelí, comentó en una entrevista para el World Economic Forum: “los humanos ya no somos almas misteriosas; ahora somos animales hackeables… con suficientes datos y poder computacional, se puede predecir y manipular el comportamiento humano” (La Razón, 2025).

Esta perspectiva reduce al ser humano a un simple algoritmo, a un conjunto de datos procesables. Plantea una de las preguntas más profundas: ¿hay algo en nosotros que no pueda ser replicado por las máquinas?

Pareciera que todo lo típicamente humano hoy podría ser reemplazado por la inteligencia artificial: hay IA artistas, escritores y hasta terapeutas. El primer ensayo clínico de un bot terapéutico sugiere que es tan eficaz como la terapia humana para personas con depresión, ansiedad o riesgo de desarrollar trastornos alimentarios (marzo 2025, New England Journal of Medicine).

Entonces, ¿hay algo que nos diferencie de la inteligencia artificial? Creemos que sí. Podemos crear robots a imagen y semejanza del hombre, pero solo el ser humano es imagen y semejanza de Dios (Génesis 1,27). Las máquinas pueden hacer cálculos, pero no pueden amar. Pueden simular empatía, pero no pueden sentir. Pueden seguir órdenes, pero no pueden elegir libremente el bien.

Benedicto XVI lo advirtió en su encíclica Caritas in Veritate (2009): el sentido y finalidad del desarrollo tecnológico “debe buscarse en su fundamento antropológico” (CV, n. 73). ¿Está la tecnología al servicio del hombre, o es el hombre quien está al servicio de la tecnología?

Una respuesta desde la fe: redescubrir lo humano

El nuevo Papa León XIV, quien fue elegido en 2025, lo expresó de manera profética: “consideré tomar el nombre de León XIV (…) porque el Papa León XIII, con su histórica encíclica Rerum Novarum, abordó la cuestión social durante la primera revolución industrial. Hoy, la Iglesia presenta su doctrina social para enfrentar otra revolución industrial y los avances de la inteligencia artificial, que traen consigo nuevos retos en la defensa de la dignidad humana” (Discurso al Colegio Cardenalicio, 10 de mayo de 2025).

Frente al riesgo de olvidar nuestra identidad, la fe nos recuerda que:

  • no somos solo productores, somos hijos;
  • no somos solo cuerpos, somos personas merecedoras de amor;
  • no somos algoritmos, somos imagen de Dios, dotados de conciencia, libertad y un destino eterno.

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En estos tiempos, más que nunca, necesitamos una antropología cristiana que coloque en el centro la dignidad del ser humano, como una unidad de cuerpo y alma, creada por amor y para el amor. Necesitamos, imperiosamente, volver a comprender quiénes somos en verdad.

El Cardenal Karol Wojtyla, futuro Papa Juan Pablo II, escribió una carta a su amigo Henri de Lubac donde decía: “el mal de nuestro tiempo consiste, en primer lugar, en una especie de degradación, incluso en una pulverización, de la singularidad fundamental de cada persona humana. Este mal es mucho más de orden metafísico que de orden moral. A esta desintegración, a veces planeada por ideologías ateas, debemos oponer, en lugar de polémicas estériles, una especie de «recapitulación» del misterio inviolable de la persona.”