Hay una escena en la película Her (2013) que es muy interesante. Theodore, el protagonista, se enamora de una inteligencia artificial. Le habla, la escucha, la desea. En algún punto, uno se pregunta: ¿esto es amor?
La respuesta incómoda es que, en cierta forma, sí. Tiene la superficie del amor. Tiene su temperatura. Le falta algo fundamental: el otro. Theodore no ama a alguien; ama una experiencia diseñada para él, una presencia que nunca lo va a incomodar demasiado, nunca lo va a desafiar en serio, nunca va a tener un mal día que lo obligue a salir de sí mismo.
Eso es usar. Lo escalofriante es que muchas de nuestras relaciones —incluso las más «reales»— se parecen bastante a eso.
¿Qué es lo que realmente me atrae?
Karol Wojtyla, antes de ser Juan Pablo II, era un filósofo que pensaba acerca del amor con una seriedad poco común. En Amor y Responsabilidad escribió algo que parece simple, pero tiene la profundidad inmensa: el problema fundamental de las relaciones humanas no es el deseo en sí, sino su dirección. ¿Hacia dónde apunta ese deseo? ¿Hacia la persona que tengo enfrente, o hacia lo que esa persona me puede dar?
Lo que él llama la «norma personalista» es, en el fondo, un principio de dignidad: la persona humana nunca puede ser tratada como un medio para un fin. Es un fin en sí misma. No hay grises. O amo a alguien por lo que es, o lo estoy usando por lo que me da.
Pensemos en algo concreto. Cuando alguien dice «te extraño» después de semanas de silencio, ¿a quién extraña realmente? ¿A esa persona, con su historia, su carácter, sus contradicciones? ¿O extraña sentirse acompañado, querido, importante? La diferencia no es menor. Una cosa es querer al otro. Otra, muy distinta, es querer lo que el otro te hace sentir.
El swipe y el alma
Vivimos en una cultura que ha perfeccionado el arte de usar personas con una sonrisa. Las apps de citas son el ejemplo más brutal: personas reducidas a fotos, altura, distancia en kilómetros y dos líneas de perfil. Se desliza a un lado si interesa, al otro si no. Es el mercado de las personas con interfaz moderna. Y no lo digo con juicio fácil hacia quienes las usan —incluso pueden resultar buenas parejas de allí— sino como diagnóstico de una época en la que nos tomamos más tiempo para elegir las frutas en el mercado que el amor en un celular.
Seamos honestos: el problema no lo inventó una app. Lo que hacen las aplicaciones es revelar algo que ya estaba. La lógica de usar al otro para satisfacer una necesidad propia es tan antigua como el pecado. Lo que cambió es que hoy tenemos infraestructura para hacerlo a escala industrial y con la conciencia bastante tranquila.
Por ello, es que la Teología del Cuerpo de San Juan Pablo II puede ser una ayuda útil. No como una lista de prohibiciones, sino, ante todo, como un diagnóstico. El Papa veía en el cuerpo humano —en su masculinidad y su feminidad— un lenguaje, un signo visible de algo invisible: la vocación al don de sí. Somos personas hechas para darse a través de nuestro cuerpo. Cuando en lugar de darnos nos vendemos, nos prestamos o nos alquilamos, algo en nosotros se rompe. No porque lo diga el catecismo, sino porque traicionamos lo que somos.
Entonces, ¿cómo hacemos?
Esa es la pregunta honesta. Porque está bien saber que hay que amar y no usar, pero ¿cómo se traduce eso en el lunes a las 10 de la noche cuando estoy solo, cuando me peleo con mi pareja, cuando siento que me da demasiado trabajo querer bien?
Lo primero es aprender a ver al otro. No como una proyección de lo que necesito, sino como alguien que ya existía antes de que yo llegara, que va a seguir existiendo si me voy, y que tiene una historia, un dolor, una vocación que no me pertenecen ni puedo controlar. Ese simple corrimiento del ego —de «¿qué me da?» a «¿quién es?»— es el primer movimiento del amor real.
Lo segundo, que viene de la mano, es tolerar la incomodidad de amar sin garantías. Usar da seguridad. Sé lo que obtengo. Amar, en cambio, me expone. Le doy al otro la posibilidad de decepcionarme, de irse, de no corresponderme. Juan Pablo II decía que el amor es siempre una aventura, porque supone el riesgo real del don. Un don que no corre ningún riesgo no es un don: es una inversión.
Y lo tercero —quizás lo más contracultural de todo— es aceptar que no puedo hacerlo solo. La capacidad de amar no es un talento innato ni una habilidad que se practica en el gimnasio. Es una gracia. La capacidad de darse genuinamente al otro viene de haber recibido primero el don de uno mismo de parte de Aquel que nos hizo para el amor.
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Para finalizar, volvamos sobre la película Her (2013). El amor entre un hombre y una mujer nunca puede ser semejante al vínculo que puede llegarse a contruir entre un hombre y una máquina. Somos personas. Valemos por lo que somos, pues cada uno de nosotros es un fin en sí mismo. Amamos a los otros por lo que son.
Como somos personas, somos don. Fuimos creados para donarnos nosotros mismos voluntariamente, libremente. Cuando no nos donamos, traicionamos nuestra esencia. Jamás una máquina va a poder compararse con un ser humano.