Una canción de cuna para entender la maternidad



Quienes me conocen saben que uno de mis grandes intereses es el aspecto poético que reside en las canciones de cuna —de hecho, este es mi tema de investigación doctoral—. Si bien lo elegí mucho antes de tener familia, no dejo de sorprenderme, como mamá, por la profundidad que pueden presentar canciones que parecerían tan simples. Muchas veces, al leer o escuchar canciones que no conocía, o al arrullar a mis hijos, las canciones de cuna me permiten pensar en el lugar tan especial que Dios ha concedido a la mujer en la familia, a través de la maternidad. La madre no sólo genera el cuerpo: también genera el alma. Por eso, al hablar de las analogías bíblicas entre Dios y el ser humano, dice san Juan Pablo II, en Mulieris dignitatem:


En diversos pasajes el amor de Dios, siempre solícito para con su Pueblo, es presentado como el amor de una madre: como una madre Dios ha llevado a la humanidad, y en particular a su pueblo elegido, en el propio seno, lo ha dado a luz en el dolor, lo ha nutrido y consolado (cf. Is 42, 14; 46, 3-4). El amor de Dios es presentado en muchos pasajes como amor «masculino» del esposo y padre (cf. Os 11, 1-4; Jer 3, 4-19), pero a veces también como amor «femenino» de la madre.


Como se ve, tanto la paternidad como la maternidad establecen entonces una analogía con la generación eterna del Verbo de Dios, por lo cual, según san Juan Pablo II, “se debe buscar en Dios el modelo absoluto de toda «generación» en el mundo de los seres humanos”. En el ámbito de las canciones de cuna, hay un poema que puede permitirnos llevar más allá esta reflexión: “Meciendo”, de Gabriela Mistral. ¿Lo leemos?


“Meciendo”, de Gabriela Mistral (poeta chilena; en Ternura, 1924)


El mar sus millares de olas

mece, divino.

Oyendo a los mares amantes,

mezo a mi niño.


El viento errabundo en la noche

mece los trigos.

Oyendo a los vientos amantes,

mezo a mi niño.


Dios Padre sus miles de mundos

mece sin ruido.

Sintiendo su mano en la sombra

mezo a mi niño.


La primera vez que hablé sobre este poema en un congreso, la respuesta no fue la que esperaba: muchos dijeron “uy, ¡qué miedo!, siente la mano de Dios…”. Les juro: como si fuera algo tétrico o amenazante. ¡Si en algunos ámbitos hasta he escuchado, con incredulidad, a alguien a quien le parecía tétrico enseñarles a los niños que el angelito de la guarda los acompaña noche y día! (Qué quieren que les diga: yo me siento todo menos omnipotente, sé que estamos en peligro en nuestro cuerpo y alma, y, ¡cuánta paz da saber que alguien nos cuida!). Pero vamos a ver una interpretación más creyente de lo que pienso que verdaderamente dice el poema.


En “Meciendo”, claramente una canción de cuna, el arrullador es muy cercano a Dios Padre. Si bien retoma la tradición de muchas canciones de cuna en las cuales habla la Virgen María, no se identifica explícitamente con ella, sino que se abre a representarla tanto a ella como a cualquier otra mujer. En su última estrofa leemos que Dios Padre, como factor arrullador sobrenatural, se presenta en armonía con los elementos naturales descriptos en las estrofas anteriores: el mar y el viento. Todos ayudan a la madre a mecer al niño.


Según un estudioso de la canción de cuna llamado Pedro Cerrillo, lo esencial en la canción de cuna son tres elementos: voz, canto y movimiento de arrullo o balanceo. Mientras que la madre de “Meciendo” pone la voz y las palabras, y el mar y el viento contribuyen, con sonidos, a la melodía, Dios Padre se une a la madre para brindar lo esencial: el movimiento, el ritmo y la mano protectora, generadores de un sueño que, en la tradición de las canciones de cuna, trae la paz, vuelve a dar vida.


La sonrisa de la madre, lugar de encuentro con Dios


Esta identificación entre lo materno y lo divino, que se muestra en el poema de Mistral, no es en absoluto azarosa. De hecho, haciendo hincapié en el aspecto psicológico, Bruno Bettelheim —autor de Psicología de los cuentos de hadas—, ha afirmado: “el niño cree que existe algo parecido a los padres, que cuidan de él y le proporcionan todo lo necesario, aunque mucho más poderoso, inteligente y digno de confianza”. De este mismo modo, la misión de las canciones de cuna, como guías y custodios del sueño de los pequeños, va gestando en ellos de modo natural la importancia de un guía y protector supremo.


En este sentido, me gusta recordar que Hans Urs von Balthasar decía que el niño despierta a la conciencia de sí ante el encuentro con lo otro, y que esto se da en la sonrisa materna. La imagen de la madre, principalmente en su sonrisa y en su voz, es para el niño el primer lugar de encuentro con Dios. Y este autor concluye: “es natural, pues, que el niño vea lo absoluto, perciba a Dios en su madre y en sus procreadores. […] No hay ningún encuentro […] que pueda añadir algo al encuentro con la primera sonrisa de la madre”.


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Así, ¿cómo analizamos la profundidad teológica de la relación de amor entre la madre y el hijo? En principio, nos enfrentamos a una relación que pareciera sumamente asimétrica; desde ese punto de vista, una gran autora de literatura infantil argentina, Graciela Montes, ha dicho: “Primero está el poder. El poder y el no poder. Primero está lo desparejo: el que no puede frente al que puede, el que lleva en brazos y el que es llevado […]. Lo que hace que la infancia sea la infancia, lo que la define, es la disparidad”. En este punto, no coincido con ella: las canciones de cuna logran muchas veces romper con esta asimetría, pues, ¿qué adulto siente que tiene el poder, cuando debe cantar hasta que al niño le plazca dormirse?


De hecho, al adentrarnos en nuestra mirada teológica de esta misteriosa unión materno-filial, descubrimos que, por participar de las características divinas, este amor es semejante al amor que se da en el dinamismo interno de la Santísima Trinidad. Se trata, entonces, de una relación en la que lo diverso despierta el encuentro de voluntades, sin importar la diferencia o la disparidad. Participando del amor trinitario, el amor madre-hijo —que se hace, en este punto, análogo al amor entre esposos— se define también por el donarse: la madre mece a su niño, así como Dios mece el mundo; y ella tiene en sí la fuerza para sacrificarse por la salvación de su hijo, así como Cristo lo hizo por nosotros.


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