Sobre la atracción sexual



Muchas veces, cuando deseamos una vida de pureza y entrega a Dios, podemos llegar, sin quererlo, a rechazar los dones mismos de Dios. Podemos pensar que el deseo sexual, el placer y el sexo mismo son pecado y deben ser rechazados, ignorados o reprimidos. Nada más contrario al plan de Dios para el amor humano y para nuestra felicidad. Veamos por qué.


El impuso sexual es un don


El impulso sexual es verdaderamente un don de Dios para el ser humano. Está presente en nuestra realidad de hombres y mujeres, y es un signo de nuestra vocación al amor: el sentir atracción por otra persona me recuerda que estoy hecho para ser un verdadero don para otros, que estoy llamado a una entrega total. Y mi cuerpo lo experimenta como recordatorio constante de este llamado divino.


Sin embargo, no todos mis impulsos o deseos están llamados a ser obedecidos ciegamente, ya que, en el camino, se ven desviados y obstruidos por mis propias heridas y pecados. Así, sin correcto direccionamiento y purificación, ese impulso sexual que estaba llamado a ser un signo de entrega puede, en cambio, convertirse en un obstáculo para la entrega real y para el amor que anhela nuestro corazón.


Conocer y reconocer


Un consejo valioso respecto a los impulsos o instintos sexuales es evitar ignorarlos o rechazarlos. Esto no significa consentirlos o complacerlos, sino que debemos comprender su origen, entender su propósito, encauzar su fuerza y direccionarlos al amor: al bien del otro y a mi propio bien eterno.


Cuando experimentamos atracción sexual por alguien, es valioso poder reconocer en ella un signo de Dios, un recordatorio amoroso de que fuimos creados para amar, de que el amor humano se manifiesta también corporalmente, y de que nuestro ser entero está llamado a donarse, entregarse y ser un verdadero don.


Por eso, el reconocimiento de que es Dios quien está detrás de cada deseo profundo que experimentamos nos debe llevar a la gratitud. Gratitud por nuestra vocación al amor, por nuestro cuerpo y por estos constantes recordatorios de amor.


Pero es importante también reconocer que nuestros deseos no siempre están bien dirigidos. La lujuria, la cultura del descarte, la mercantilización de los cuerpos, la oferta y demanda constante de sexo, el impacto de la pornografía en las relaciones humanas y muchos otros factores personales y sociales hacen que la atracción sexual sea entendida como una justificación suficiente para entrar en una relación, para objetivizar a una persona, o para valorar a alguien como indicado para nosotros.


Cuando reconocemos nuestros deseos e impulsos podemos también conocernos a nosotros mismos, evaluar nuestras verdaderas intenciones frente a alguien e incluso prevenir ciertas reacciones y comportamientos en nosotros que no hacen bien a los demás o a nosotros mismos. Experimentar atracción sexual puede ser un medio de autoconocimiento y autoevaluación, y de hecho puede llegar a ser de enorme valor para nuestra vida afectiva y espiritual.


Es valiosa, pero no suficiente


La atracción sexual es importante y en muchos casos hace parte de esa etapa inicial de descubrimiento del otro: nos impulsa a entablar relaciones, a manifestar el gusto por conocer mas a alguien, y nos encamina hacia la construcción de una posible relación estable y fructífera. Sin embargo, la atracción sexual no es suficiente para entrar en una relación o para escoger a alguien. Muchas veces pensamos que la simple atracción basta para desear estar con alguien, para tener una compatibilidad única y una relación valiosa… pero no es así.


Una verdadera madurez emocional nos permite reconocer la importancia de la atracción, pero también nos capacita para ser prudentes y cautelosos a la hora de conocer a alguien más, de relacionarnos con otros y de construir relaciones verdaderamente estables fundamentadas en el amor.


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Es verdad que “todo don conlleva una gran responsabilidad”, y así como la atracción y el impulso sexual son dones divinos encaminados a la construcción del amor, requieren también una enorme responsabilidad para redireccionarlos hacia la verdad, el bien y el servicio, y no convertirlos en obstáculos para el amor, como excusas para usar a otros en la búsqueda equivocada del placer.


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