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Una mirada afirmativa de la sexualidad, vista a la luz del amor.

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At the beach



A Fabiana y Carlos no les gusta la playa: les aburre. Siempre que van, estiran su toalla o su pareo en la arena, se echan bronceador y se ponen a tomar sol. Si les da calor, se meten al mar, pero sólo hasta los tobillos, y luego vuelven a tomar sol. Cuando se empezaron a aburrir, probaron llevar algo para leer, pero no hubo caso. Y eso que han intentado de todo. Por ejemplo, un par de veces llevaron su Mat para hacer yoga. Incluso alguna vez hicieron Tai Chi, pero siempre terminan aburriéndose. Aun así, no pierden las esperanzas, y están abiertos a probar nuevas cosas, aunque sólo en la arena. En el fondo, a ambos les aburre la playa —y les seguirá aburriendo— porque nunca probaron lo mejor: nunca disfrutaron del mar.


Jugar en la arena


En materia de relaciones sexuales tarde o temprano uno llega a la conclusión de que más no siempre es mejor. Aumentar la cantidad —la frecuencia o la duración— no significa necesariamente un aumento en la calidad. De hecho, con el tiempo las relaciones pueden volverse algo mecánico, monótono, o acaso generar hastío. Y es aquí cuando los "expertos" sugieren probar cosas nuevas. ¿Qué cosas?


Se habla de probar nuevas técnicas, de usar artefactos, de innovar en cuanto al atuendo o a los lugares, etc. Y todas son cosas que sin duda pueden introducir un elemento de novedad en la relación y hacerla más atractiva. Pero en el fondo, todas ellas se quedan en lo externo. Le dan novedad a la relación, sí, pero no profundidad. Son como el que permanentemente inventa cosas nuevas para jugar en la arena, pero nunca se sumerge en la hondura del mar.


Generalmente, estos consejos y sugerencias toman al ser humano como si fuera sólo un cuerpo. Y entonces, las técnicas, los artefactos y las demás cosas raras se recomiendan bajo la premisa de que lo que en última instancia se busca en una relación sexual es maximizar el placer. Pero el ser humano es más que su cuerpo: es un mundo, un océano de una profundidad insondable; es una persona. Y este mundo interior está llamado a ponerse en juego en todo lo que hace; de lo contrario, uno no se compromete, no pone realmente algo de sí, se queda en la superficie, juega en la arena.


Sumergirse en el mar


Una relación sexual es principalmente un acto de entrega, no de posesión. Es un acto de darse, y no de apropiación. Se pone en juego el cuerpo, sí. Pero no se trata de tomar un cuerpo, sino de recibir a una persona, al mismo tiempo que uno se entrega a ella. Y la persona no se agota en los límites de su corporalidad, sino que es poseedora de una insondable riqueza interior, la cual está llamada a desplegarse y ser la protagonista cada vez que involucro el cuerpo en una relación. El cuerpo intenta hablar, pero nada dice si no articula las palabras que brotan de ese mundo interior. Sólo en ese mundo es posible hallar profundidad y auténtica novedad en una relación sexual.


Pasado, presente y futuro; sueños y anhelos; cicatrices, heridas y memoria; miedos y alegrías; fantasías y realidad; todo eso y más está llamado a ponerse en juego en una relación sexual. Y es aquí donde ésta adquiere profundidad, y es su única fuente de una inagotable novedad. Pero se trata de un mundo al que no se puede acceder por la fuerza: uno sólo puede sumergirse en él en la medida que el otro está dispuesto a ponerlo en juego, y esto sólo es posible en el marco del amor.


Mientras más me expongo, más me vuelvo vulnerable; mientras más me muestro, más quedo a merced del otro. Una risa, una palabra de más, un gesto de desprecio —en suma, cualquier cosa que pueda herirme— en la superficie duele, aunque el dolor pasa. Pero más profundo —donde puedo ser auténticamente acogido o rechazado—, puede dejar heridas difíciles de cerrar. Y sin embargo, sólo a ese nivel es posible un auténtico encuentro personal, sólo a ese nivel es posible una auténtica aceptación de la persona, una auténtica comunión. Y es precisamente el amor lo que hace posible que me entregue al otro totalmente sabiendo que voy a ser aceptado, y reciba al otro en igual medida. No hablo aquí de amor como sentimiento, sino de amor como decisión, como propósito firme de buscar siempre y en todo momento el bien de la otra persona. Y una entrega radical como se da en una relación sexual reclama un amor radical: exclusivo, incondicional, hasta la muerte, abierto a todas sus consecuencias. Hablo de un amor matrimonial.


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