Propósitos realistas para el 2022


Estas fechas decembrinas nos traen dos ideas: los regalos de Navidad, y los propósitos de Año Nuevo. Con una semana de diferencia, pasamos de la pregunta “¿qué doy?” a “¿qué hago?”. Pues en gran parte del mundo, sobre todo en estas latitudes influidas por la llamada cultura occidental, el 25 de diciembre solemos recordar los presentes que hicieron los reyes magos al Niño Jesús. Y, en un espectro geográfico similar, el 1 de enero iniciamos un nuevo año, y lo usual es hacerlo planteándonos metas. Entonces, ¿cómo llevar este clima al ámbito del amor? Hagamos algunas reflexiones.


El don de sí empieza por el conocimiento


En una publicación anterior habíamos hablado del amor como regalo, y en otros muchos artículos de Ama Fuerte encontramos la misma idea desarrollada desde varios puntos de vista —búsquenlos, que encontrarán ustedes mucha riqueza—. Pienso que lo más importante es considerar que, cuando hablamos de amor, el verdadero regalo es uno mismo. Incluso, al pensar en una cosa para envolverla en un paquete y entregársela a alguien, estamos haciéndolo con un pedacito de nuestro corazón en él. O así debería ser.


Claro: están los presentes de compromiso, que le damos a alguien porque nos toca, por no quedar mal, por corresponder a algo que recibimos de esa persona. Regalos sin alma. Y no está mal después de todo, ya que no podemos saber qué le gustaría que le demos, si no lo conocemos.


Pero esto nos viene bien para reflexionar acerca de algo. El don de sí comienza por el conocimiento: nos conocemos, y asumimos qué estamos capacitados para dar, y conocemos al otro y entendemos qué es lo que espera recibir. Si sé que mi papá es diabético y no le hace bien comer azúcar, sería absurdo que le regale dulces (a menos que estén endulzados con estevia). Pero si esos chocolates sin azúcar resultan muy caros para mi presupuesto, lo mejor sería ver otra opción. Conozco mi presupuesto, y conozco la diabetes de mi papá. Si aun conociendo estas realidades le doy unos chocolates más empalagosos que telenovela turca, no estoy buscando su bien, sino cumplir. Como si de un extraño se tratase. Y no debería asustarme que, al recibirlo, haga una mueca que remede una sonrisa…, también por cumplir.


Muchas veces nos colocamos a uno de esos dos extremos cuando del amor se trata: o no entendemos qué es bueno para el otro, o somos avaros al darnos. No siempre somos conscientes de que estamos ahí, pero lo estamos, y los demás lo perciben. Y sonríen por compromiso, aunque sientan un puñal en el corazón. Pues nuestras heridas y vacíos nos condicionan para comprender lo que significa entregarnos en las relaciones, y lo hacemos mal, o no lo hacemos. Por miedo, por desconfianza, por inseguridad, por temor a ser abusados, damos miguitas de nosotros a quien debería recibir todo lo que seamos capaces de dar. ¿Para qué buscar conocer al otro, si podemos resultar lastimados? Y terminamos distorsionando la imagen de los demás salpicándole la sangre del pasado.


Propósitos: entre el ideal y la realidad


Estas inseguridades son las que nos llevan también a hacernos propósitos de año nuevo egoístas y desenfocados. Porque tampoco nos conocemos a nosotros mismos, y en la búsqueda de nuestro ideal como personas nos estampamos contra el cemento de la realidad de nuestras debilidades. Perseguimos una imagen que coincide más con nuestras fantasías adolescentes que con nuestras potencialidades esenciales. Un ejemplo muy claro es el clásico “el próximo año comienzo dieta estricta”. Porque queremos vernos con ese cuerpo que encaje con los estándares impuestos por los medios, y, como no coinciden con lo que vemos en el espejo nos autoflagelamos y caemos en la desazón. No importa que nos digan “te ves muy bien”, si no nos sentimos así.


Los propósitos de Año Nuevo están más centrados en esta distancia que hay entre el ideal de nosotros mismos y la realidad que en un camino de crecimiento constante. Y ese camino ha de estar orientado a nuestras metas personales, pero también mirarse tomando en cuenta con quiénes caminamos. En el mismo ejemplo de la dieta, si entendemos a la comida en su triple función de alimentación, disfrute y encuentro, es mucho más sencillo plantearnos metas más realistas: mi dieta ya no se enfoca en que mi cuerpo sea el de una supermodelo o un galán de Hollywood, sino que lo hace apunta hacia mi salud, para que sea capaz de cumplir mejor con mi vocación-misión, para conmigo mismo y para con los demás.


Propósitos orientados por un amor que conoce


Por consiguiente, si nuestros propósitos se miden basándonos en el amor que hay en ellos, será mucho más fácil cumplirlos, porque se fundarán en el conocimiento. Nos conocemos y sabemos qué estamos llamados a dar a los demás. Entendemos las necesidades del otro y nos proponemos cumplirlas cada día mejor. Así, si me siento a hacer mi checklist de ‘to do’ para el año que viene tomando en cuenta el ideal que persigo y el punto del camino en el que estoy, mirando a los lados para peregrinar junto al otro en este viaje, el siguiente año me encontraré un poco más cerca de esa meta. Y también, más motivado.


Como decía G. K. Chesterton: “Si tuviéramos delante una serpiente infinita, ¿qué podríamos hacer sino cortarla en dos? El tiempo es en apariencia infinito y, sin ninguna duda, también una serpiente”. El objetivo de que haya un año nuevo es marcarnos etapas y, de este modo, que podamos ser personas nuevas. No literalmente, por supuesto, sino en nuestro interior. En nuestras relaciones con nosotros mismos, con los demás y con Dios.


Propongámonos ser capaces de ser, día a día, un mejor regalo para el otro, que cubra mejor sus necesidades, que busque más su bien. Si no perdemos nuestra esencia para pretender ser lo que creemos que el otro espera de mí, nos encontramos a nosotros mismos, y encontramos al otro. Nos descubrimos con esa potencia que nuestro Padre ha puesto en nuestro ser, y así llegamos a ser dádiva. Propongámonos, luego, ser una mejor versión de nosotros, para ser regalos que los demás agradezcan con una sonrisa de corazón.


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Desde este punto de vista, todo —esa dieta, ese viaje, ese proyecto— tendrá un sentido más grande que nuestros pequeños egoísmos. No se quedará en nosotros, sino que irá hacia el prójimo. Y ese gran propósito de Año Nuevo y ese regalo de Navidad se ajustará cada vez más a quiénes podemos llegar a ser nosotros, sin distorsiones ni miedos provenientes de nuestras heridas.


Quiero cerrar con la continuación de ese mismo texto de Chesterton: “Si un hombre cualquiera no fuese capaz de adoptar resoluciones de año nuevo, no sería capaz de adoptar resolución alguna. [...] Si un hombre no fuera capaz de volver a nacer, jamás entraría en el Reino de los Cielos”.


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