¿Qué es primero: el amor propio o el amor a los demás?



En nuestras relaciones personales, sta pregunta muchas veces se vuelve una encrucijada, y más aún en estos tiempos en los que el amor propio se ha vuelto casi como una religión, en la cual solo cabe el “yo”, y quizás se deja un lugar para el otro, siempre y cuando no me afecte mi “yo”.

La verdadera autoestima

El amor propio —o, dicho de mejor forma, la autoestima, porque propiamente la palabra “amor” siempre implica a otro— claramente es importante. Se trata de algo que debemos cuidar en nosotros, y no dañar en los demás.

Así que, para abordar esta pregunta, se nos hace necesario responder a una anterior: ¿en qué se fundamenta esta autoestima? ¿Qué es aquello que debo amar —estimar— en mí?

Siempre escuchamos que debemos amarnos, aceptarnos, darnos nuestro lugar, reconocernos, valorarnos, empoderarnos… Todo esto está muy bien, y hay que hacerlo. Sin embargo, cuando decimos “amar todo de nosotros”, muchas veces reducimos esta estima a cosas que corresponden a nuestra conducta, o a lo psicológico...

Y aquí la pregunta es: ¿esta es la mirada más profunda que puedo tener sobre mí mismo? ¿Y sobre otros? ¿Esto es lo que me determina como persona, o soy más que mi psicología? ¿Mi temperamento, carácter, fortalezas, debilidades…, son lo que me determinan como persona? ¿SOY colérico, melancólico, sanguíneo, etcétera, o es que —aunque tengo este condicionamiento— soy mucho más que eso? Para mostrar un poco más el punto, vamos con otro tema: ¿es que solamente soy depresivo, ansioso, compulsivo, obsesivo, autista, hipocondríaco…, o eso es un condicionamiento que tengo, pero no soy solo ese condicionamiento, sino que soy mucho más...?

Una mirada profunda acerca de mí

Creo que mirarnos así nos llena de esperanza... Saber que soy, que existo… y que existo en cuerpo y alma. Además, descubrir que existe en mí una vida espiritual —y no nos referimos aquí a cosas religiosas, sino al descubrimiento de que tengo una capacidad humana que va más allá de lo material: es espiritual—. Descubro que poseo una inteligencia que es capaz conocer y buscar realidades bien profundas y verdaderas.

Además, poseo una capacidad de amar que va más allá de mis condicionamientos, que muchas veces me lleva más allá de mí mismo, y que no se limita por mis condicionamientos: es más, a veces me saca de ellos precisamente para amar a otro. Piensen, por ejemplo, en la mamá dormilona que se levanta diez veces en la noche a atender a su hijo, o en el novio que no le gusta manejar en tráfico, pero que se atraviesa la ciudad para ver a su novia media hora.

La clave para una autoestima sana


Descubrir que soy digno de amarme más que por lo que hago y dejo de hacer, o sea, que soy capaz de amarme por lo que soy —con todo lo que esto quiere decir—, es clave para una autoestima sana. Una que no excluye al otro, sino que lo abraza, lo reconoce y hasta lo necesita. Y también es clave dejarme amar por aquellos que descubren en mí cosas de las que, tal vez por mis condicionamientos, yo mismo no me percaté. Un gran amigo monje nos dijo una vez: “la mejor forma de conocerse es hacerlo a través de los ojos de alguien que te ama”... Esto es un descanso y una alegría para todos aquellos que no somos “perfectos”, y que estamos lejos de serlo: saber que alguien me ama, y que es capaz de reconocer cosas buenas en mí, más allá de todo lo que me condiciona.

Un tip desde la perspectiva de la fe

Para los que nos leen y son católicos, les dejamos una cosita más. ¡Un bonus! ¿Por qué San Juan se llama a sí mismo “el discípulo amado”? ¿Acaso tenía una increíble autoestima? ¿O es que fue capaz de verse con la mirada de Cristo, capaz de reconocerse como Cristo lo reconocía? No era el único discípulo amado, pero sí aquel que estuvo tan atento al amor que Cristo le daba que pudo prontamente reconocer esta verdad en Él.


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Entonces, ¿qué es primero: me amo a mí, o amo al otro? Lo primero es entender que no hay una oposición, y que muchas veces lo uno es camino para lo otro. Nadie nació para estar solo, por lo cual yo solo no me basto: necesito de otros. Y parte de una autoestima sana es reconocer esta verdad, abrazarla, acogerla y darme cuenta de que, si voy a amarme a mí profundamente, más allá de mis condicionamientos, debo hacer lo mismo con los demás.

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