¿Por qué tengo mala suerte para encontrar pareja?



No nos sorprende leer esta frase, porque la hemos oído demasiadas veces, incluso de nuestros propios labios. El otro día la escuché en forma de chiste: “tengo tal mala suerte que, si me enamoro de una viuda, resucita el esposo”. Me viene a la mente la canción de Dua Lipa “Break My Heart”, en la cual, luego de haber admitido que ha amado y perdido cien millones de veces, se pregunta: “¿Me estoy enamorando de aquel que podría romperme el corazón?”. Es decir, aunque se sienta bien en la relación que comienza, es pesimista acerca de su futuro, porque hasta hoy no han hecho más que dañarle. ¿Por qué puede pasar algo así? Veamos.


Seguir patrones


Ocurre que, si nos sentimos atraídos por cierto tipo de personas y no procuramos profundizar en las individualidades, es probable que repitamos la misma historia eternamente. Porque esas cosas que nos enganchan en un primer momento también pueden ir acompañadas por los defectos que nos derrumban siempre. Así que no es mala suerte: es que estás buscando la misma clase de gente.


Ilusión de sanar heridas del pasado


En un extraño juego de la mente, es común que de forma inconsciente busquemos arreglar con nuestra vida presente lo que nos hizo daño ayer. Fue tanto el dolor que no nos resignamos a que quede así, de manera que el subconsciente elige parejas que puedan llevarnos a un lugar similar al que vivimos mientras crecíamos. Así que no es mala suerte: es que tienes la idea de que el matrimonio de tus papás puede no ser como fue, gracias a ti.


No salir del mismo círculo social


El ser humano es un animal de costumbres, y esto se refleja muchas veces en el círculo de amigos que nos termina llevando a las parejas que escogemos. Suele ocurrir que los grupos humanos se juntan porque comparten valores y objetivos, y si tus amistades se rodean de gente que no cuadra contigo, o si en un punto de tu vida dejaste de sentirte cómodo con sus principios, puede que sientas que no eres capaz de encontrar las personas adecuadas. Así que no es mala suerte: es que no te has permitido suficientes opciones.


Estándares muy altos (o bajos)


Siempre tenemos ideales de nuestra pareja anhelada —el príncipe azul o la dama de los sueños—. Y está bien. Lo malo es que no enfrentemos la verdad, y esta es que no hay relación perfecta, ¡porque no hay ser humano perfecto! Nos vamos a topar con gente que dista en mayor o menor medida de esos parámetros. Pasa que eso nos podría llevar a la desilusión y a que terminemos pensando que no existe la pareja adecuada, o bien, que nos tenemos que conformar con lo que hay. Así que no es mala suerte: es que estás sacrificando el realismo por el optimismo o el pesimismo.


Buscar pareja por razones equivocadas


Esta es, tristemente, una de las causas más comunes y más devastadoras para no encontrar la persona óptima. Si nos sentimos presionados por hallar quien “nos dé hijos”, nos alcance una seguridad económica, o nos saque de la casa paterna donde se vive un infierno —o cosas por el estilo—, lo más probable es que no nos fijemos mucho en quién está al frente. Así que no es mala suerte: es que aún no has aprendido qué significa una relación de pareja.


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¿Qué hacer, entonces, para cambiar la suerte? Deja de elegir el mismo número. Quizás has estado repitiendo conductas que te llevan a terminar siempre igual. Como se suele decir, si quieres obtener resultados diferentes, no hagas las cosas de idéntica manera.


Entonces, fíjate si estás volviendo de forma recurrente al mismo tipo de gente, de relaciones, de actitudes. Si es así, enfócate en conocer a los demás, y date la oportunidad de amar y dejarte amar; es decir, de buscar el bien del otro, y que este lo haga contigo. No importa si esa persona aparece en el lugar menos pensado, cuando no te lo esperas, y con un perfil que ni imaginarías.


Que tu historia, a partir de hoy, no sea la misma, ni pretenda repetir la que vivieron tus padres. No va a ser perfecto, pero puede optimizarse si ambos tienen la voluntad de ser cada día una mejor versión de sí mismo y construir una relación que crezca cotidianamente. El amor no es ciego, y tiene que darse cuenta de dónde puede florecer y dónde no, para no seguir apostándole a sembrar en terrenos secos.


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