¿Por qué casarse por Iglesia? Parte II



En esta ocasión continuaremos con el tema del artículo anterior. Trataremos los fundamentos teológicos de los motivos para casarse por Iglesia. No hablaremos directamente de los efectos del sacramento en vista al análisis de la vida diaria. Para la contemplación de lo anterior, tenemos los innumerables artículos ya publicados por nuestros colegas en AmaFuerte.com.


La perfección del amor


La frase “todos los hombres buscan la felicidad”[1] puede ser dicha también como “todos los hombres buscan amar perfectamente”. La felicidad, no la alegría, puede identificarse con la plenitud misma de la persona, aquello hacia lo cual el alma se dirige, lo que la colma perfectamente. Esta plenitud es experimentada en el amor: nadie puede llamarse feliz si no ama y no se reconoce como amado.


Pero, ¿qué es amar? Pensamos que se puede definirlo como “querer lo mejor para el otro”[2]. Veamos qué significan cada una de estas palabras. “Querer” es un acto de la voluntad, con consciencia. Es libre, se ubica en la categoría de «acto humano»[3]. Luego, “lo mejor” expresa un “juicio” sobre los posibles objetos —no sólo cosas materiales, sino también todo aquello intangible que el amor implica— que puedo desear para el otro. Así contemplamos un acto de la inteligencia. “Para” indica finalidad. Los “objetos” son queridos en cuanto puedo obtener algún bien para mí o para otro, son medios[4]. Sólo la persona es amada en sí misma. Por último, “el otro” muestra que el acto de amar no se encierra en uno mismo, sino que parte de uno y se dirige a otro. Lo opuesto podría terminar en narcicismo.


La perfección del amar estriba, pues, en hacer lo anterior con una perfección cada vez mayor. ¿Cómo? Mediante el ejercicio, lo cual se torna en hábito virtuoso. El amor no busca el bien propio, sino el del otro. Lo consideramos como un gran fin en nuestro acto intencional y, por lo tanto, buscamos ordenar las demás acciones a aquello.


Este ordo amoris puede ser identificable con la virtud[5], la cual es un medio entre las pasiones[6] hacia un bien arduo[7]. En este caso, el bien difícil es la obtención del bien para el otro. Y ello se torna complicado en este mundo, en el cual el hombre se ve tentado por las cosas e inclinado hacia ellas, con el riesgo de perderse en un círculo vicioso que busca únicamente el placer personal.


En el artículo pasado tratamos de mostrar la incapacidad del hombre de mantener su promesa si esto sólo dependiese de sus fuerzas. Ahora, al definir el acto de «amar» y contemplar su perfección en la virtud, notamos que es necesario el acto divino de la Gracia para alcanzar tal condición.


Algunos podrán objetar que las virtudes pueden alcanzarse de modo natural, que es innecesario rogar a Dios por esto. Sin embargo, nos atrevemos a preguntarles: ¿es acaso posible para el hombre ser perfecto con la estabilidad que la misma perfección requiere? O, aún más: ¿es acaso posible ser perfecto a imagen del hombre imperfecto? Rogamos pues la Gracia, como luz del alma[8], para desear el bien de un modo perfecto según el Espírito Santo[9]. De hecho, ella es “el principio de todos los bienes”[10], porque nos remite a Dios, causa de todos los bienes. Sería, pues, imposible decir que el hombre desea el bien si no es por medio de la Gracia, y esto —como ya mostramos— resulta elemental para el acto de amor.


En el amor matrimonial se observa un amar con pretensión de un “para siempre” (promesa), y se torna esencial la distinción intelectiva y volitiva de lo “mejor” (ya no simplemente “lo bueno”), dirigido plenamente hacia otra persona, quien representa para mí un fin. Varón y mujer buscan la perfección en todos estos ámbitos, pero con sus solas fuerzas no lo logran.


Cristo toca nuestra carne en el Sacramento


Como decía san Ireneo de Lyon, “lo que no se asume no se redime”. Es preciso que Cristo salve nuestra fragilidad por medio del don de su gracia. Si no permitimos al Señor que asuma nuestro matrimonio, no podrá redimirlo.


Bien sabemos que cada sacramento confiere la gracia que su propio signo indica. Así, el signo sacramental del Bautismo es la Filiación Divina, por lo que recibimos la gracia para vivir de acuerdo a ese carácter impreso por Dios. En el Matrimonio observamos un signo particular: es la unión entre Cristo y su esposa, la Iglesia. De esto nos ha escrito ampliamente san Pablo en la carta a los Efesios, mostrando la grandeza del sacramento hasta el punto de exclamar: “Este es un gran misterio; y yo digo que se refiere a Cristo y a la Iglesia”[11].


Con la confianza en Dios, que nos otorga ordinariamente su Gracia a través de estos siete regalos que ha confiado a la Iglesia, le rogamos que “asuma nuestra carne”, que nos haga imagen de Cristo y de la Iglesia. Alguno podría pensar que es un poco pretensioso pedir tanto a Dios, siendo que nosotros somos tan limitados. Sin embargo, aquí radica la grandeza de nuestro Padre: su misericordia llega al punto de superar la justicia. Ciertamente no estamos en grado de vivir tal imagen superadora de lo finito de nuestra carne, claro. Pero, con la Gracia creada en nosotros, que inspira acciones celestes, podemos llegar a encarnar tal signo. Repetimos: no por nuestras fuerzas, sino por la misericordia del Padre.


Este tema lo ha desarrollado ampliamente san Juan Pablo II con su maravillosa Teología del Cuerpo. Nos ha mostrado la importancia fundamental que tiene el cuerpo en la vida de la persona. El cuerpo es el sacramento de la persona, aquello que muestra con la realidad visible de la carne la realidad invisible y misteriosa del alma. Por esto es que desde el principio el Creador nos ha hecho una unidad sustancial de cuerpo y alma, donde ambas realidades tienen igual dignidad.


Es a través del cuerpo, explica el Papa polaco, que el hombre puede entrar en relación con el mundo creado, con las demás personas y con Dios. El cuerpo es el lugar de encuentro con el exterior. A su vez, el cuerpo sexuado del hombre y de la mujer es signo de la imagen de Dios. Y esto es así porque la diferencia sexual es una característica fundante de la persona, que la llama a entrar en una comunión con el otro. El ser humano es imagen de Dios en tanto está llamado a formar una comunión a imagen de aquella Trinitaria. Es justamente en el cuerpo donde sucede ese encuentro de amor que hace grande la vida.


Esta importancia tan radical se ve de modo definitivo en la Encarnación de Cristo y en su resurrección: Dios vino al mundo, en el seno de una familia, asumiendo nuestra carne humana para redimirla del pecado. Dios se hizo carne, y así elevó nuestra humanidad al plano divino. Al resucitar, Cristo asumió un cuerpo glorioso e incorruptible, con lo cual nos dio un anticipo de nuestra propia resurrección a la Vida Eterna. En todos los sacramentos, que Jesús ha instituido durante su vida, Él toca nuestra carne para redimirla. Concretamente nos hace capaces de vivir como él mediante su Gracia. Los sacramentos nos participan de la vida divina de modo real y concreto. El mayor ejemplo de esto es la Eucaristía, en la cual Cristo nos entrega su propio cuerpo, consumando su unión con Iglesia.


De esta manera, cuando hablamos del sacramento del matrimonio, ingresamos en una liturgia del cuerpo, en la que cada gesto propio del lenguaje nupcial se ve elevado a una nueva categoría, a una nueva posibilidad de acción. Así como Jesús en la Eucaristía entrega su cuerpo a la Iglesia, los esposos en el sacramento del matrimonio se donan mutuamente en cuerpo y alma. En el matrimonio es posible amar con el amor de Cristo por la Iglesia, porque mediante el sacramento Cristo toca nuestra carne, nos transforma con su Gracia y así nos hace partícipes de su Amor. Ya no amamos solamente con nuestro amor humano: ahora amamos con el amor de Cristo mismo.


Entrar en el tiempo de Dios: la promesa que se cumple


En el artículo anterior mencionábamos que el varón y la mujer son limitados en las posibilidades de cumplir una promesa para toda la vida. Es por esto que se la entregamos a Dios, para que sea verdaderamente real. Al hacer a Dios partícipe de nuestra unión por medio del sacramento, nos insertamos en su propio tiempo. Cuando nos donamos en totalidad a nuestro cónyuge le entregamos toda nuestra temporalidad: pasado, presente y futuro.


Le entregamos un pasado que dice quiénes somos, que cuenta nuestra historia, que forma parte de nuestra definición y dice nuestro nombre. Sin embargo, se trata de un pasado que no nos pertenece por completo, que nos remite a un origen que va más allá de nosotros. Nos excede, y nos hace evidente que al principio de nuestra existencia hubo un don originario. Esto fue así gracias a la participación de otros.


El pasado nos muestra que no nos dimos la existencia nosotros mismos, sino que formamos parte de una genealogía que se entreteje, como una red ascendente de relaciones, cuyo origen primero y único es Dios. El pasado nos da la noción de filiación, de reconocernos hijos de nuestros padres y de Dios. No somos identidades aisladas autocreadas, sino seres sociales necesitados de una relación para vivir y existir. Esta noción es la base de nuestro convertirnos en padres en el futuro.


Al donarnos, damos también nuestro presente. Este aparece muchas veces fragmentado, escurridizo en nuestras manos, pero abierto y necesitado de un encuentro que lo sostenga y le dé continuidad. Esta realidad se supera con la experiencia del amor, que en el matrimonio toma la forma de la promesa esponsal. Mediante esta, los esposos entregan su tiempo, tiempo que se transforma en un tiempo nuevo de comunión.


Finalmente, aparece la relación con el futuro, incierto y fuera del control de los esposos, pero que aun así determina su presente. La Gracia del sacramento nos inserta en el plano temporal de lo divino, transforma la ansiedad y el miedo que el futuro genera en una experiencia propia del amor esponsal: la fecundidad de la vida de los esposos. Al amar en la medida de Cristo, los cónyuges abren su amor hacia el otro, su amor es tan abundante que los excede y da vida hacia afuera.


El símbolo más concreto de esto es la generación y educación de los hijos. Sin embargo, la fecundidad matrimonial va más allá de lo biológico: se expresa en todos los ámbitos de acción del marido y de la mujer. Los esposos se trascienden a sí mismos hacia el futuro, mediante un amor que permanece en la vida nueva. Vemos entonces cómo la entrega que los novios hacen a Dios ante el altar abre sus vidas al tiempo de la Alianza con Dios, que dona al hombre un tiempo nuevo: el tiempo de la comunión en el plano de la eternidad.


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Luego de todo lo que hemos analizado, vemos cómo la pregunta sobre por qué casarnos por Iglesia responde a algo mucho más profundo que a la elección de un simple rito. El sacramento del Matrimonio, con la riqueza de su liturgia, muestra la profundidad de una acción concreta de Dios sobre nuestras vidas. Por medio de él, es Dios mismo quien toca nuestra carne, redime nuestro corazón y asume nuestra temporalidad, para darnos, por medio de su Gracia, la capacidad de amarnos con su mismo amor divino, que es total, fiel, fecundo y eterno.


Para más información sobre estos temas, podés encontrarnos en Instagram: @centrosanjuanpablo2



[1]Aristóteles, Ética a Nicómaco, L. I, 1 [2]A partir de santo Tomás de Aquino, quien lo definía como “querer el bien para el otro” (amare est velle bonum alicui). Cf. Summa Theologiae I, q. 59, a. 4, ad 2; I-II, q. 26, a. 4, co.; De malo, q. 8, a. 1, ad 19. [3]Aquellos que perfeccionan la naturaleza humana y con ella todas sus notas, como la libertad. Lo contrario, no opuesto, son los actos del hombre, los que no precisan un acto libre, como la digestión. [4] Según enseña Karol Wojtyła en Amor y Responsabilidad (en las primeras páginas) a partir de la tradición aristotélica-tomista. [5]Santo Tomás de Aquino escribe “omnis virtus est ordo amoris”. Cf. Summa Theologiae I-II, q. 62, a. 2, ad 3; De malo, q. 11, a. 1, ad 1. [6] Cf. Santo Tomás de Aquino, De virtutibus, q. 1, a. 1, ad 15: “…virtus est medium inter passiones…” [7] Cf. Santo Tomás de Aquino, De virtutibus, q. 1, a. 4, co.: “…dicitur esse etiam in irascibili sicut in subiecto”. [8] Cf. Santo Tomás de Aquino, Super Sent., lib. 1, d. 40, q. 4, a. 2, co.: “gratia est quoddam lumen animae, et perfectio quaedam habilitans ipsam ad bonum”. [9]Para quienes viven según la Lex nova. Cf. Summa Theologiae I-II, q. 106, a. 3, co.; q. 108, a. 1, co.; Super Gal., cap. 4, l. 3. [10]Santo Tomás de Aquino, Super II Cor., cap. 1, l. 1: “Primum enim bonum est gratia, quae est principium omnium bonorum”. [11]Efesios 5, 32.