Para la mujer, ¿es más importante llegar al orgasmo o sentirse amada?



Vivimos en una cultura hipersexualizada, centrada en la genitalidad, en el sentir a través del cuerpo, y ello puede acarrear complejas consecuencias para nuestra vivencia de la sexualidad. En semejante contexto, me detengo en este artículo a responder a una pregunta concreta: para la mujer, ¿es más importante llegar al orgasmo, o sentirse amada? Cualquiera de nosotras sabrá responder rápidamente. Pero, ¿lo saben ellos?


Consecuencias de la cultura hipersexualizada


La centralidad de nuestra cultura en la genitalidad supone varios peligros:


#1 Pensar que somos sólo genitalidad. Somos nuestro cuerpo, pero no únicamente cuerpo. La sexualidad plena se alcanza cuando somos capaces de integrar todo lo que somos hacia una meta. Por ejemplo, cuando unos jóvenes que no se conocen tienen relaciones sexuales no están viviendo de forma íntegra su sexualidad, ya que en ese acto no son capaces de demostrar amor verdadero.


#2 Pensar que la respuesta sexual del hombre y la de la mujer son iguales. La ficción nos juega muy malas pasadas cuando nos entra por los ojos que un hombre y una mujer viven igual el sexo, alcanzando a la vez el orgasmo.


#3 Como consecuencia de lo anterior, es fácil pensar que, entonces, hay un problema, o que no somos compatibles, porque no disfrutamos igual o no tenemos las mismas expectativas.


¿Qué certezas podemos albergar ante este panorama? Veámoslo a continuación.


El componente afectivo y el componente físico


La realidad es que hombres y mujeres respondemos sexualmente de forma diferente. La buena noticia es que esas diferencias no son negativas, ¡todo lo contrario! Permiten que exista una complementariedad, muy necesaria en la sexualidad conyugal.


Podría decirse que la sexualidad del hombre comienza por mirar lo que le gusta, mientras que la de la mujer comienza por sentirse mirada. Desde este punto de vista, me atrevo a decir que, de primeras, es más importante para la mujer sentirse amada a través del cuerpo que disfrutar con su cuerpo.


Me explico: en la relación sexual, el componente afectivo es el que predomina en la mujer, mientras que el físico lo hace en el hombre. Ella percibe que, a través de la relación sexual, entrega su vida entera. Por lo tanto, espera que sea un momento muy especial, incluso romántico, en el cual siente que ama con toda el alma a su esposo, y en el que, además, se siente acogida, aceptada y entendida.


¿Qué es para la mujer una relación sexual satisfactoria?


Para que la mujer perciba la relación sexual como satisfactoria, su dimensión afectiva debe ser apoyada por el hombre: él deberá mostrar afecto y ternura, para evitar que su mujer llegue a sentirse utilizada. Es muy meritorio por parte del esposo, y demuestra efectivamente el amor a su mujer, cuando se esfuerza por desbordar ternura y caricias desinteresadas.


Cuando la mujer se siente amada de esta manera, es fácil que la llama prenda rápidamente, y que su cuerpo responda satisfactoriamente. El sexo, que comenzó con el corazón, acaba con el cuerpo —al revés de lo que ocurre en el caso del hombre—. Ella, aunque inicialmente no lo reclame, necesita también disfrutar las relaciones corporalmente y tener el orgasmo, que —sin ser lo más importante de la relación— forma parte de ella.


El placer sexual es la consecuencia. De hecho, a veces, puede ser que ni siquiera se llegue a él, y que, sin embargo, la mujer perciba que esa relación sexual ha sido enormemente satisfactoria. ¿Por qué? Porque se sintió amada.


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¡Qué diferentes somos hombres y mujeres en la respuesta sexual! Si pretendemos ser iguales, solo lograremos mucha insatisfacción y frustración. Lo que hemos de buscar es acompasar nuestros tiempos. Por ello, es básico que el tema del sexo esté presente en el matrimonio: necesitamos hablar, entender que somos muy diferentes. A un hombre le cuesta entender cómo es que para su mujer unas pocas caricias desinteresadas pueden ser suficientes.


Pensando en esto, se me ocurre que está claro que el matrimonio es una escuela de amor. Ellos aprenden a ser tiernos; ellas, a ser eróticas.


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