¿Nuevo año, nuevos comienzos?



El mundo nos invita a empezar desde cero, a hacer “borrón y cuenta nueva” cada vez que deseamos que inicie una nueva temporada en nuestras vidas, cada que queremos cerrar ciclos. Pero sinceramente todos sabemos que es imposible, a menos que tengamos una memoria que se renueva y que da un paso al olvido, como un deseo que se hace realidad. Un deseo que esperamos se cumpla al cerrar los ojos, y que al despertar todo sea para estrenar.


Es que, en realidad, no hay forma de vivir y adquirir experiencia si no es a través de nuestros errores, de nuestro pasado, de todo lo que nos hirió y que tantas veces nos encadenó.


Dios mediante, aprendamos a vivir este tiempo, este nuevo año, con miras a un futuro que nos santifique, sin dependencia de un pasado que nos ate, pero sí que nos enseñe y nos dé lecciones. Porque, para ser feliz y querer iniciar un nuevo año, no necesitamos eliminar nuestro pasado, sino sacar lo mejor de él. Y para hacerlo, deberíamos tener en cuenta lo que les compartimos en el siguiente artículo.



Necesitamos construir un presente y un futuro con miras a la santidad


Todos tenemos muy en claro que existen metas a corto, mediano y/o largo plazo, pero ninguna de ellas nos dará la felicidad plena a la que hemos sido llamados desde nuestra creación. Lo cierto es que todos estos son bienes temporales que, como su nombre lo dice, me conducen a sentimientos positivos, solo temporales. Y, lamentablemente, acostumbrarnos a estos momentos puede ser perjudicial.


Y sucede porque la costumbre de buscar todo lo placentero momentáneamente, lo que me hace sentir bien por un rato, sólo me lleva a dejar de lado mi mirada hacia un futuro que me edifica. Me hace perder de vista lo más importante: mi búsqueda de la santidad. Esta búsqueda que solo se logra a través de esfuerzo, de pérdidas, de cargar cruces, de caídas y levantadas, de sentimientos positivos, pero también negativos.


Perderme en lo momentáneo casi siempre nos invita a querer destruir y desechar lo que no nos sirve, lo que nos trae recuerdos de infelicidad y/o dolor. Y qué difícil, porque en el intento de hacerlo, vamos a fracasar: el pasado no es algo que podamos destruir y desechar. El pasado sirve para aprender y para que, con ese aprendizaje, construyamos un presente y un futuro que nos aporten estabilidad en todas nuestras dimensiones. Pero, sobre todo, nos ayude a edificar una vida de gracia de la mano de Jesús y de María.


Cada experiencia está cargada de aprendizaje

Esto se nos ha sido dado al ser creados, es parte de nuestra naturaleza humana. Al realizar una acción muy sencilla, siempre aprendemos algo: desde no volver a comer el fruto prohibido del Edén, hasta el no volver a meter el dedo en el enchufe. Porque absolutamente todo error cometido nos enseña, pero sólo si lo permitimos. Porque finalmente la lección permanece. Lo que sucedió con Adan y Eva jamás pudo tener un borrón y cuenta nueva, solo nos llevó a aprender a obedecer y a ser más piadosos. Igual sucede con los bebés y su experiencia con los voltios. ¿Ven que el pasado no es algo que pueda eliminarse?


Es por ello que, de esta misma forma, deberíamos permitirle a nuestro pasado, que a través de nuestras experiencias, positivas o negativas, nos haga crecer. Es que, ¿por qué negarle a nuestras experiencias, la posibilidad de hacernos más fuertes? Recuerda que todo lo que realizamos en el día, nos brinda reflexiones inolvidables. Todo depende de cuánto nosotros seamos capaces de acogerlas.


Crecer en familia es el modo de compartir más santo del año


No hay mayor regalo que una comunidad, y qué mejor ejemplo que la familia. A lo largo de nuestras vidas aprendimos y seguimos aprendiendo a valorar esa comunidad que nos regaló el Señor, precisamente porque no la escogimos, sino que nos fue dada. Porque Dios sabe que la necesitamos. Esta familia en la cual cada integrante cumple un rol importante para nuestras vidas: allí puede existir un integrante que nos santifique a través del ejemplo y su compañía; y otro, que puede santificarnos, quizás, siendo esa cruz que nos pesa cargar.


Es que realmente querer empezar cada año desde cero es un error que a veces nos cuesta asumir, porque no somos capaces de seguir afrontando los sacrificios de cargar nuestra propia cruz. Es importante compartir, y eso lo experimenta cada uno con su propia historia vivida, distinta y especial.


Saca lo mejor de tu comunidad, de tu familia. Aprende de aquellos errores que se cometan, pero no te desligues. A veces sonaría más fácil ser indiferentes a las situaciones que experimentamos, pero la única verdad es que no hay nada como crecer acompañado.


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Recuerda que el verdadero ágape (“banquete”) está en compartir con amor, en donarte al prójimo, en anhelar la santidad en comunidad. Y qué mejor que hacerlo en este nuevo año civil que comenzamos. La vida no consiste en esperar a que pase la tormenta, sino en aprender a bailar bajo la lluvia.


Recuerda que hoy estamos aquí para iniciar un futuro en este nuevo año, sacando lo mejor de nuestro pasado, teniendo los pies bien puestos en este presente, y la mirada en el cielo, con un anhelo de eternidad.


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