No habrá manera que tú te vayas



Hace un tiempo, intentaba encontrar una forma de explicar qué nos impide pensar que, si una persona nos hace mal, sólo con alejarnos de ella, todo estará perfecto. Entonces escuché la canción “Hasta la raíz”, de Natalia Lafourcade. Y me pareció adecuada para interpretarla bajo esta óptica: quien entra en tu vida se transforma en parte tuya, y no se vuelve a ir…, aunque no lo veas más. Y, por ello, hay que sanar todas las relaciones en nuestra existencia, aun las que han terminado. Para desarrollar esta idea, analizaré hoy las frases que más me llegan en ese tema.


“Sigo cruzando ríos, andando selvas, amando el sol”


La vida es una peregrinación que no termina hasta la muerte. Por obvio que parezca, a veces sentimos que nuestro camino se detiene cuando resultamos heridos. Sin embargo, la historia sigue y, con espinas y sueños, continuamos la ruta. Pues, justo al creer que no podemos más, sacamos energías de donde no hay…, y así emprendemos la marcha.


“Limpiar con el humo sagrado cada recuerdo”


Estas palabras nos pueden traer imágenes tanto de rituales primitivos como del incienso de nuestras iglesias, y ambos tienen un denominador común: una intención de purificación que se eleva al Cielo. Hacemos que nuestras memorias, las dulces y las amargas, se transformen en algo sublime, en aquellas piezas que nos han construido como somos y de las cuales siempre podemos sacar lo más bello, bueno y verdadero. Al contemplar el pasado, todas están ahí.


“Cuando escribo tu nombre en la arena blanca con fondo azul / Cuando miro el cielo en la forma cruel de una nube gris aparezcas tú”


En estas dos frases complementarias podemos atestiguar lo que significa toda relación para nosotros: la ilusión de un paisaje idílico, y también el presagio de un acontecimiento doloroso. Como ningún ser humano es perfecto, los vínculos tampoco lo son. Hay momentos de pena y otros de alegría, hay luz y hay sombra. No podemos quedarnos con un solo lado, si queremos dar el justo valor a los lazos de la existencia.


“Son la clave exacta de ese tejido que ando cargando bajo la piel”


Cada momento de esta vida, a trompicones o con paso firme, va formando nuestro yo. Todas las personas que hemos conocido han dejado una huella en quienes somos, y está en nosotros decidir si queremos que sean hilos de color en nuestro entramado, o una veta negra que daña la trama.


“Yo te llevo dentro hasta la raíz / Y por más que crezca vas a estar aquí”


Aun esas personas que nos han lastimado y dejado traumas en nuestra vida psicoafectiva seguirán dentro, así nos neguemos a ello. De hecho, forman parte de esas raíces que alimentan las ramas que hoy quieren dar frutos sanos y jugosos. Y aunque sigamos adelante, encontrando gente y experiencias distintas, esos personajes continúan en el guion. Quizás no físicamente, pero sí en nuestro corazón y nuestro cerebro.


“Aunque yo me oculte tras la montaña…”


Podemos pretender negar que cierto individuo fue parte de nuestra vida, dejar de verle o hablarle, bloquearle en las redes. Podemos incluso evitar lugares, círculos sociales o eventos donde podríamos reencontrarnos con él. No podemos eludir que lo que vivimos ocurrió. No podemos evadir los recuerdos, los gozos y las tristezas, la influencia directa o indirecta en nuestras formas de sentir, pensar y actuar. No podemos ignorar que lo conocimos y fue parte de nuestros días.


“No habrá manera, mi rayo de luna, de que tú te vayas.”


El símbolo del rayo de luna lo dice todo: no es la brillante luz del sol que todo lo aclara, es quizás un tenue haz que ahuyenta la penumbra de una manera tímida y hasta melancólica. Pero ahí está. No se fue, no se va, no se irá nunca. Regresa en una foto, en una conexión mental, en una memoria espontánea, en un sueño. Veinte años son nada, dice el tango. Una vida se vuelve nada cuando aceptamos cada una de las vivencias, personas, lugares y aprendizajes que nos van construyendo como los seres que somos.


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Más vale asumir todas las experiencias que hemos tenido con cada persona que conocimos. Son parte del territorio que debemos incorporar al mapa. Es nuestra obligación purificar esas memorias, dejando en el fondo del vaso la pena y el sufrimiento para beber gota a gota los aprendizajes que nos quedan de ellas. Entonces, que no pensemos que si una relación no funcionó basta con alejarnos de esa persona, porque es muy probable que, al no curar la herida, se infecte y no pare nunca de doler.


Poner distancia está bien, pero hay que sanar. Sanar las relaciones significa sacar lo negativo como lección y quedarnos con lo positivo como recuerdo. Atesorar ambos, en ese legado precioso que nos deja el encuentro con el otro, sea este bueno o malo. El secreto, como siempre, está en verlo con amor. Con ese amor que todo lo espera y que no lleva cuentas.


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