¿Me lastimaron o me lastimé?



Muchas veces, debido a nuestras propias heridas, tendemos a culparnos por las equivocaciones de los otros. Incluso podemos llegar a asumir la responsabilidad de los errores de aquellos que nos han hecho daño. Esto sucede, sobre todo, cuando estamos en relaciones dependientes o en círculos de violencia emocional normalizada, por el miedo al abandono o al rechazo de aquellos a quienes amamos. Preferimos culparnos por los errores de la relación, antes que exigirle al otro asumir la responsabilidad que no quiere para sí.


Sin embargo, quisiera traer a colación las numerosas ocasiones en que sufrimos mucho porque nosotros mismos nos hemos puesto en situaciones dolorosas. En otras palabras, no siempre nos hacen sufrir: a veces nos exponemos al sufrimiento, aun pudiendo evitarlo.


La importancia de ver los signos


Cuando se trata de relaciones interpersonales, es muy difícil que nos engañen sin más, que nunca hayamos tenido avisos, red flags o llamados de atención. Lo que ocurre es que entramos en relaciones con la vista nublada por el deseo, por el ansia de superar la soledad, o por la tendencia a idealizar a nuestra pareja… y entonces ignoramos los signos concretos que podrían evitarnos el sufrimiento. Muchas veces nos sorprendemos y decimos respecto del otro: “¡No me imaginé jamás que fuera así…!”.


La realidad es que esa persona te dio muchos signos: su manera de hablar de otros, de tratar a su familia, de asumir sus responsabilidades; sus detalles con aquellos que no pueden darle nada a cambio, los secretos que te contaba, las palabras que usaba… Los signos siempre se nos escapan, pero solo una vista aguda y receptiva puede notarlos a tiempo.


¡No ignores esas red flags!


La otra situación ocurre cuando vemos con claridad esas red flags, pero voluntariamente decidimos ignorarlas, por no querer renunciar a esa persona. Quizás porque pensamos que podemos cambiarla, o tal vez por temor a volver a la soledad.


En ambos casos, no podemos decir que nos han hecho sufrir mucho, sino que nosotros mismos nos hemos lastimado. Hemos sido inmensamente descuidados con nuestro corazón, y dejando entrar sin límites a cualquier persona en el terreno sagrado de nuestra intimidad.


¿Qué podemos hacer?


El conocimiento te salva. Por lo tanto, si te conoces a ti mismo, tus tendencias, tus miedos y tus inseguridades, podrás reconocer más fácilmente qué comportamientos dañinos estás asumiendo en tu relación. Además, respecto del otro, recuerda no idealizar a nadie. A veces creemos que aquellos a quienes amamos serían incapaces de hacernos daño, que lo único que quieren es cuidarnos… y en algunos casos puede no ser tan así. No se trata de vivir en perpetua desconfianza, sino de entender que nadie es perfecto, y que aquellos que están heridos y no buscan sanar tienden a herir a otros (aún sin quererlo).


Por último, asume tu responsabilidad. La experiencia me ha regalado un lema vital: “nadie va a cuidarte, si tú no te cuidas a ti mismo”. La responsabilidad emocional que tienes con tu propio corazón, con tu intimidad y con tus sentimientos es irrenunciable e intransferible. No esperes que los demás cuiden de ti: eres tú quien tiene un rol fundamental en tu proyecto de vida y felicidad.


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Identificar la fuente de tu dolor te ayuda en el proceso de sanación y autoconocimiento. Por eso, si estás sufriendo, pregúntate: ¿me hicieron sufrir, o yo me expuse por mi cuenta a este sufrimiento? ¿Pude haberlo evitado? Estas preguntas ayudarán mucho a tu corazón.


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