La masturbación femenina



El placer sexual es algo bueno, pero es importante buscarlo en su contexto adecuado. No se trata de un descubrimiento de nuestra época: existe desde Adán y Eva. Tampoco es algo nuevo que la mujer no alcance el orgasmo de forma tan rápida como el hombre; esto tiene una explicación fisiológica y psicológica, en la que no vamos a entrar ahora.


Pero lo cierto es que, de un tiempo a esta parte, el clítoris, órgano del placer femenino, se ha convertido socialmente en una parte importante del ser-mujer. Anuncios, películas y redes sociales hablan de él como del gran desconocido que hay que destapar (¡a gritos, si hace falta!). ¡Si tenemos hasta un día del orgasmo femenino!


El clítoris está de moda. El aire sexual de nuestros días sugiere como una necesidad tocarse para poder saber cómo eres, dónde está tu punto erógeno, incluso para liberar tensiones o reducir dolores. Tan importante parece que llegas a pensar que, si nunca te has acariciado en solitario, no sabes disfrutar bien del sexo, o que aún te falta para poder vivirlo plenamente con tu pareja.


¿De verdad es necesario tocarse a una misma para descubrirse?


Una chica me preguntaba, preocupada, si era normal que ella no necesitara masturbarse, ya que simplemente deseaba acostarse con su novio. Le respondí que, precisamente por ese deseo de unión con su futuro marido, ella era perfectamente normal.


En la experiencia con otra persona, y en su contexto adecuado, el placer encuentra verdadero sentido. Con nuestro cuerpo podemos entregamos a alguien, y ese placer es un resultado de esa expresión, pero no una finalidad.


Tocarse a una misma aporta puro placer, una mera experiencia corporal. Un placer intensísimo y súper atrayente, sí, que incluso es posible que enganche fácilmente, y hasta que llegue a crear una necesidad. Como cualquier adicción, esto supone esclavitud y pérdida de libertad. Pérdida de la libertad para amar a otro sin ataduras.


¿Ayuda en la relación de pareja masturbarse sola?


Sin querer ir en contra de nadie ni juzgar actos ajenos, pienso que la masturbación femenina en solitario no ayuda, no compensa, no aporta beneficio ni a una misma ni a la relación de pareja.


En mi opinión, masturbarse puede aportar una felicidad engañosa, solitaria y momentánea, controlada casposamente por una industria sexual que se está forrando a costa de la locura orgásmica. Puede resultar una experiencia para admirarse del placer que reporta, pero ni mucho menos es algo que vaya a hacer que quieras más a tu pareja; al contrario, es posible que ello provoque un alejamiento sexual sin que te des cuenta.


¿Por qué no, si tantas mujeres lo recomiendan? Porque el deseo sexual no existe ni para reprimirlo, ni para buscarlo a solas, sino para dirigirlo hacia el bien. Igual que diriges el deseo de comer desordenadamente, de evitar la pereza, de juzgar a alguien, de esforzarte en el trabajo… Todo, para lograr una riqueza interior que te hace más fuerte, más libre, más feliz… Que te engrandece.

Si a la pregunta “¿Masturbarme me hace querer más y mejor a mi amado?” respondes que no, es que realmente es un acto que te incapacita para mirar al otro, para disfrutar el sexo con el otro. Cuando el camino para la experiencia sexual parte de la masturbación en solitario, esa experiencia tiende a centrarse en el placer que reporta, se vuelve egoísta, incluso puede hacer que se sienta rechazo a tener relaciones con un hombre porque él no aporta nada mejor que lo que una pueda hacer en solitario. Nos aleja de vivir la experiencia inmensamente rica de la unión sexual, en la cual te sales de ti mismo para mirar al amado.


El verdadero sentido de la sexualidad


La exaltación exagerada del placer femenino nos está haciendo perder desproporcionadamente el sentido verdadero de la sexualidad, que es la entrega. ¿Qué significa entregarse sexualmente? Significa darse por entero, en cuerpo y alma, sin reservas de ningún tipo, a la persona que amamos (esto también significa que a veces pospongamos una relación sexual).


Esta entrega es realmente verdadera cuando son los cónyuges quienes la realizan. El acto conyugal es el único que reúne las 5 características de un acto sexual pleno: entrega total, humana, fiel, exclusiva y fecunda. Cualquier otra cosa será una relación sexual también, pero no plena, porque no alcanza la finalidad para la que está hecha, no nos hace tan felices como podemos llegar a ser.


La complementariedad sexual es buena. Es decir: es bueno que hombres y mujeres seamos diferentes. No respondemos igual ante el estímulo sexual, la experiencia de placer parece marchar desacompasadamente. Pero, a pesar de ser tan distintos, ambos tenemos igual derecho a disfrutar del sexo, a alcanzar el placer, porque es un reflejo de la celebración de la grandeza del acto conyugal.


Esa complementariedad hay que trabajarla. Al igual que dedicamos horas de estudio para formarnos en una materia, o tiempo de deporte para fortalecer ciertos músculos, también necesitamos tiempo y dedicación para entendernos, delicadeza para mirarnos a los ojos y entregarnos mutuamente para crecer en el amor.


El problema es cuando creemos que ese “derecho al placer” constituye algo personal, individual. Porque es entonces cuando perdemos de vista al de al lado, para centrarnos en nosotros mismos. Ese derecho mal entendido lleva a una exaltación exagerada del placer, que nos hace olvidar que lo importante es trabajar juntos, hombre y mujer, para descubrir y potenciar las diferencias.


En suma, ¿aporta algún beneficio?


Hoy en día, se fomenta a las más jóvenes a que se masturben en solitario, como una necesidad personal para el propio autoconocimiento y para aprender a disfrutar mejor del sexo. Lo que no te cuentan son las desventajas que conlleva actuar así, que he ido comentando hasta ahora.


A pesar de lo que se diga, la masturbación no aporta beneficio para la pareja, si entendemos que la sexualidad es mucho más que genitalidad. En el fondo, lo que todos buscamos es el amor, no tanto el placer: el pacer es fruto del amor, un amor compartido. Al revés, es como empezar la casa por el tejado… Al final, no te quedará ni casa, ni tejado.


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