La desnudez en el matrimonio: qué nos dice la Teología del Cuerpo.



La desnudez como fenómeno interpersonal es bastante interesante. Pensemos que las distintas culturas la han visto de formas muy variadas. Pero todas coinciden en un punto: para que esta tenga lugar debe haber confianza entre las personas. Sin embargo, hoy en día vemos cómo se muestra la desnudez de los cuerpos, aunque sea parcialmente, de modo público, o frente a cualquier desconocido, con quien no media ninguna confianza. De hecho, se hace creer a los jóvenes que “el cuerpo bello es aquél que se muestra”. Consecuencia de este pensamiento es la moda que insta a vestir de modo cada vez más alejado del pudor y la modestia. En el fondo de esto hay una idea errónea, según la cual el cuerpo es “algo” que tenemos para usar y proporcionar sensaciones satisfactorias.


Desnudez y pudor


Nos interesa reflexionar sobre la profundidad del sentido de la desnudez, es decir, considerándola como la develación del cuerpo personal, según el pudor, como parte de la templanza. En otras palabras: en relación a un ambiente donde existe la confianza en el otro, porque se vive en una actitud donativa continua, y porque este representa el grado más profundo de intimidad humana. Esto se da así solamente en el matrimonio. Con “intimidad” no nos referimos simplemente a la desnudez, sino a una actitud anterior que justamente la permite. Al respecto, Karol Wojtyła nos dice que el pudor, como defensa natural, puede ser absorbido por el amor que se vive en el matrimonio; pero no desaparece. Es, por lo tanto, importante tener en cuenta el rol del pudor al hablar de desnudez.


El pudor se levanta ante la mirada utilitarista del otro. Constituye una defensa natural de la intimidad de la persona, contra el uso que de ella se pueda hacer. Pero en el matrimonio la desnudez del cuerpo no representa, o al menos no debería representar, un uso del otro. De hecho, san Juan Pablo II, refiriéndose al estado originario del hombre —antes del pecado original—, afirmó: “Se puede decir que, creados por el Amor, esto es, dotados en su ser de masculinidad y feminidad, ambos están ‘desnudos’, porque son libres de la misma libertad del don. Esta libertad está precisamente en la base del significado esponsal del cuerpo”.[1]


La desnudez es aquí la confirmación de la plenitud de conciencia del don transmitido y del recibido. No es una inocencia infantil, o un simple despojo de la ropa frente al intenso deseo sexual. Se trata de una madurez que señala claridad en la valoración de la totalidad y de la singularidad del otro. De esta manera, tanto uno como otro comprenden la profundidad del significado de sus cuerpos y la posibilidad de establecer una relación que devele el verdadero sentido de sus existencias, y posibilite su cumplimiento.


A ello nos referimos al afirmar que el cuerpo es sacramento de la persona, signo visible de una realidad invisible. Es decir: en el cuerpo desnudo del amado se tiene que poder ver el valor inmenso de toda su persona, esa mirada pura que tenían el varón y la mujer al inicio de la Creación, y que Cristo, con su gracia, vuelve a posibilitar a través del sacramento del Matrimonio.


El verdadero significado del cuerpo


Cabe resaltar que el Papa considera que el ser varón y mujer demuestra que fuimos “creados por el Amor” y “para el Amor”, es decir, por Quien es comunión plena. Esto responde a un significado esencial de la misma naturaleza comunional, que el santo de las familias llama “significado esponsal del cuerpo”.


En otras palabras: existe en nuestro cuerpo un sentido que va más allá de nuestra conciencia, y que nos remite a la Voluntad de Dios. Así Dios nos invita a vivir el ser varón o mujer de un modo adecuado, según su sabio designio. Es más, desde la Teología del Cuerpo se afirma que la diferencia sexual del cuerpo es justamente aquello que hace visible a la persona humana como imagen de Dios Trinidad, en cuanto abierta a la comunión con el otro.


Retomando la idea inicial, encontramos dos representaciones en el cuerpo: Dios, que lo ha creado y que, por lo tanto, lo hace capaz de expresar su Amor; y la persona, quien propiamente es “este cuerpo”, y hace visible la comprensión que tenga de aquella Voluntad Divina. La desnudez de este cuerpo, además de ser un hecho físico, muestra una comprensión del don dado y recibido según la analogía anterior.


¿Qué efecto tiene la desnudez en la intimidad del matrimonio?


En la intimidad del acto conyugal, la percepción de la desnudez del otro a nivel físico muestra una vulnerabilidad mayor a nivel afectivo. El otro se me presenta sin esas barreras que, haciendo hincapié en alguno de sus valores sexuales —como puede ocurrir con la vestimenta—, pueden desviar la atención del mismo lenguaje del cuerpo.


Por otro lado, se presenta la posibilidad de un tacto profundo, que señale a cada gesto la persona del otro. El tacto que toca es tocado a su vez. “ste tipo de percepción sensible compromete a ambas personas, haciéndolas de algún modo “una sola carne”. El contacto de los cuerpos, entonces, es el contacto de las personas, quienes deben comprender el signo como tal, y dirigirse al plano intencional representado por el sacramento del cuerpo.


La libertad del don en la desnudez


De esta manera, “el cuerpo, que expresa la feminidad ‘para’ la masculinidad, y viceversa, la masculinidad ‘para’ la feminidad, manifiesta la reciprocidad y la comunión de las personas. La expresa a través del don como característica fundamental de la existencia personal”.[2] Nuestro cuerpo expresa la potencial libertad de la donación, acogida en la desnudez experimentada recíprocamente por los sentidos.


La complementariedad sexual de los cuerpos señala, pues, el llamado a la reciprocidad, por el que los esposos entienden el sentido de su “ser varón” y “ser mujer” como las dos encarnaciones de la misma humanidad. Una humanidad que permanece ignota en la soledad, y que se muestra en todo su esplendor en la reciprocidad del don. Así, permite que ambos se reconozcan en la persona del otro, hasta el punto de que las palabras “mío” y “mía”, referidas al otro, solo expresan el sentido de nuestra existencia esponsal.


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No hay, por lo tanto, libertad mayor en la donación que la que existe entre los esposos. De hecho, Cristo mismo es Esposo de la Iglesia, y dona a ella su Cuerpo y Sangre en cada Eucaristía. Existe, pues, en la liturgia, un lenguaje esponsal. Un lenguaje que enseña a los esposos cómo vivir la sexualidad de sus cuerpos, sacramento originario de su sentido esponsal.


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[1] San Juan Pablo II, Audiencia general, 16 enero 1980, 1b

[2] San Juan Pablo II, Audiencia general, 9 enero 1980, 4