El desafío de las relaciones a distancia



En la distancia, la clave está en ir acompasados. Más bien, esto se aplica en todas las relaciones, porque a todos —o casi todos—, en algún punto, en mayor o menor medida, nos toca o nos ha tocado vivirla. Ya sea cuando la distancia inevitablemente es el modus operandi de cada día, porque se interpone el verano de por medio, o por un viaje o una temporada fuera por trabajo, o por cualquier otra razón.


Por ello, no es lo mismo ir preparados —y saber afrontar la distancia con ganas— que improvisar, encontrándotela de frente. Y ahí está el quid. La clave está en ver lo fundamental: ir al origen, la esencia, el por qué. Y ver así el sentido que tiene la distancia: ¿Qué es lo que hay detrás de ella? ¿Por qué merece la pena? ¿Cuál será la recompensa de superarla? ¿Qué clase de relación se forjará? ¿Crees que os puede hacer crecer? ¿O, por el contrario, la veis como una barrera?


Y de aquí nacen estos tips para afrontar la distancia con ganas:


#1 La respuesta está en ir acompasados


Debemos ir los dos a una, buscando aquellos medios para hacerle frente a la distancia y salir victoriosos. Esas palanquitas y herramientas que nos hagan disfrutarla en el día a día. Y superarla, encontrándonos reforzados. Por ello, son muchas las respuestas, y en ellas está el camino. Pero se trata de saber dar los dos la misma: mirar en misma dirección, e ir hacia ella unidos. El éxito reside en cuanto más de la mano vais en este aspecto. En como la trabajéis, como pongáis de vuestra parte y en como la afrontéis.


#2 Recordar que de la prueba se puede salir vencedor


Como con todas las adversidades de la vida. Sobre todo, se puede salir con una mochila llena de lo aprendido. Por el "vale la pena". Por esa recompensa de haberlo superado. Y por tantas y tantas lecciones que luego os harán más fuertes. Para lo que venga. La relación será mucho más sólida, más consolidada.


#3 Volcarse en cuerpo y alma


Ser consciente de los esfuerzos extras que quizás habrán de hacerse. Y ver su fin: visualizar en todo momento la meta, para llegar hasta ella. Ver el sacrificio como una oportunidad de entrega. Y poder agradecer así cada gesto, detalle, gratuito e inmerecido.


#4 Los reencuentros son más emocionantes


El corazón palpita más fuerte y no para hasta que, al mes, semana o día siguiente, ves al otro. Parece que estallas de felicidad cuando te fundes en ese abrazo tan esperado. Cuando esos pensamientos, y aquello soñado tantas noches por fin sucede. Y esa foto, por fin, es real. Y lo tocas, y ahí está.


#5 La comunicación es la piedra angular


Es alucinante sentir a alguien a una distancia de mil kilómetros, y sin embargo, tan cerca. Sentirle al otro lado del teléfono, y a la vez, como si lo escucharas a tu oído. Como si estuviera presente en tu día a día. Incluso más. Conociendo todos aquellos detalles y aquello que te ha hecho feliz, o aquello que te ha entristecido. Esa sintonía, esa conexión que hace vibrar tu corazón y que hace que rompas a reír a las tantas de la noche.


Porque sobre la comunicación se sostiene todo. A través de ella se crece y se construye. Uno se sincera y se hace transparente. Con ella la distancia se empequeñece y se reduce, llegando los corazones a sentirse muy cerca. Por ella se acompasan y se moldean.


#6 Con la sencillez de sentirte como en casa


Con esa sencillez de abrirte y sin esperar nada, y esperando todo a la vez. Con humildad y dejando de lado el orgullo. Con el “perdón” y el “gracias” como bandera cada noche, antes de irse a la cama. Y así te vuelves a sentir como en casa, a refugiarte en una realidad compartida. Abierta al otro de par en par. Con esa sencillez necesaria para acoger al otro. Con todo.


Porque la clave no está en convivir siempre, sino en ir a una. Ver la prueba como oportunidad para salir reforzados y más unidos. Para consolidar y edificar sobre roca. Para darlo todo y volcarse en cuerpo y alma. Ver al otro en su entrega y poder agradecer cada gesto y detalle gratuito e inmerecido. Vivir la magia de los reencuentros, y así mantener esa chispa, esa velita, siempre encendida.


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Sentir al otro —a pesar de los kilómetros— más cerca que nunca. Ir con la misma sintonía puesta, con esa conexión y con esa lluvia de risas y alegrías compartidas. Transparencia y humildad, para pedir perdón y dar las gracias. Y para siempre tener el coraje de hacer las paces antes de dormir. Y volver así a esa alegría y a esa paz profundas. Porque, al final, la clave es sentirte en casa. Y lo mejor: ir acompasados.