¿Dios creó a alguien para mí?


Por mucho tiempo discutí con mis amigos creyentes sobre la idea de si Dios tiene alguien para nosotros, o si somos nosotros mismos quienes lo elegimos. Me ponía a pensar y decía ¡Sería terrible si Dios dejara en mis manos la decisión más importante de mi vida! Porque seguramente yo, con mis heridas, mis vacíos y mis carencias, lo arruinaría todo y no solo elegiría mal, sino que quizás ni siquiera sería capaz de elegir…


Y es que acá entran dos corrientes de pensamiento: la de las personas que dicen que Dios no tiene a alguien pensado para nosotros —porque eso limitaría nuestro libre albedrío y sería como un dominó, en caso de que dos personas soñadas no se elijan dentro de su libertad—, y aquellas que, como yo, creemos fielmente que el Señor sí soñó una vida para nosotros. Por ende, también nos soñó con una pareja.


Pero, bueno, profundicemos más en estas dos ideas. Déjame contarte todo lo que el Señor me ha inspirado últimamente sobre el tema.


¿Dios no soñó a alguien para mí?


Esta idea me cuesta creerla y asimilarla, por el simple hecho de que sabemos que Dios nos soñó desde la eternidad; y así como soñó a Sus hijos, también soñó un plan y un propósito especial para cada uno de nosotros. Y claro: Él nos dio el libre albedrío, y cada quien elige día a día, desde de su libertad y su propia voluntad, opciones que lo acercan o lo alejan de Dios. Pero a mí me queda muy difícil pensar que alguien que le entrega su vida entera a Dios y le pide que Él dirija plenamente sus pasos no sea guiado por Él en el ámbito amoroso, hacia una persona maravillosa que lo acompañe a caminar de regreso a Casa.


En otras palabras: si yo le entrego toda mi vida a Dios, si le digo “haz lo que quieras conmigo, me rindo a ti”, me es imposible creer que Él no se lo va a tomar en serio, en un aspecto tan importante de mi vida como lo es escoger a la persona con la que voy a construir mi hogar y transitar mi camino a la Santidad.


Yo personalmente creo que nuestro Amado Padre no solo tiene un propósito para nuestra vida, sino un plan perfecto para nosotros, pues —como vemos en Su palabra— Su voluntad es buena, agradable y perfecta, así que todo lo que Él sueña para nosotros será bueno, agradable y perfecto. Y ese sueño, definitivamente, debe incluir la manera en que Él soñó nuestra vocación, y a la persona con quien vamos a vivirla.


Si los Santos que conocemos actualmente son personas que vivieron acorde al sueño de Dios ¿no crees que Él también soñó para ti una vocación que te acerque a Él? Pues, así como Él debió soñar a San Juan Pablo II siendo Papa y aportándole la maravillosa teología del cuerpo a la humanidad, ¿no piensas que Dios también soñó algo espectacular para ti, bien sea en una comunidad religiosa o en tu vida matrimonial?



Dios no deja nada a la suerte


Algo que he aprendido en estos meses es que, cuando Dios permite ciertas cosas que no parecen tan buenas, es porque tiene un propósito mucho más grande que el que nuestros ojos pueden ver. Porque acá sí entra nuestro libre albedrío; y es evidente que, si nosotros usamos nuestra libertad para rechazar la salvación y alejarnos de Dios, también nos estaremos alejando de ese plan maravilloso y perfecto que Él había soñado para nosotros. Aunque eso no quiere decir que Él no pueda sacar de nuestras malas decisiones algo mucho más grande, un escenario espectacular para Su mayor gloria.


Así que, en mi opinión, si una persona rechaza a Dios, y por ende, rechaza el sueño que Él tenía para su vida, ¡la vida de los que están a su alrededor no funciona como un dominó, en donde si alguien “arruina” el plan maravilloso de Dios, Él ya no tiene manera de resolverlo! Claramente no: yo creo que, si alguien elige mal y se aleja de Dios, seguramente el Señor ya tenía un plan más maravilloso e increíble para esa persona y para todos los que la rodean. Porque sencillamente, Dios nunca deja nada a la suerte; en mi humilde y humana opinión, creo firmemente que Él conoce nuestras decisiones y el curso de nuestras vidas desde el principio de la creación, así que nada se le sale de control, mucho menos tu corazón.



Dios une propósitos


Alguien me decía una vez que el camino con Dios es como la ruta de Waze o Google maps. Todos tenemos un destino (el Cielo), y Dios nos va guiando por ese camino de regreso a Él, dentro de la ruta que tiene pensada para cada uno de nosotros. Pero, así como cuando vamos en el carro podemos desviarnos de esa ruta, así funciona nuestro paso por la tierra: todos podemos desviarnos de la ruta, del camino que Dios pensó para nosotros, precisamente porque somos libres, y también podemos elegir tomar otros caminos diferentes al Suyo, cambiar el destino, las paradas, todo. Pero entonces Dios, así como lo hace Waze o Google maps, siempre está recalculando nuestra ruta e intentando llevarnos de regreso a Él, a pesar de los desvíos que tengamos.


Y tal vez algunos tomen más tiempo en llegar, quizás otros den más vueltas para alcanzar ese destino final; a lo mejor unos pasen por lugares más bonitos al seguir la ruta que Él nos propone, y otros, tal vez deban pasar por zonas más feas y peligrosas por haberse desviado del camino… Pero al final, si seguimos la ruta que Él recalcula, llegaremos a ese lugar que Dios soñó para nosotros: el paraíso de una eternidad con Él. Y qué lindo caminar al Cielo junto a la persona que siempre hemos soñado, porque como decía Santa Teresita “Dios no inspiraría en nuestro corazón un sueño irrealizable”.


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Si algo entendí este año es que Dios no une personas, sino propósitos. Y, si Su mayor propósito es que tú y yo seamos santos, ¿cómo no va a disponer todos los medios para que lo logremos? Eso definitivamente incluye nuestra vocación y la persona con la que la vamos a compartir. Lo sé porque, cuando conoces, a esa persona te das cuenta de que Dios realmente la creó para ti.