¿De quién es la culpa?



En muchas ocasiones las relaciones interpersonales se vuelven un continuo reclamo por el actuar del otro. Los enojos, las culpas, las discusiones, y algunas veces las peleas, llegan a ser parte de nuestra relación, a tal punto de que no sabemos cómo detenerlo, y ello causa resentimiento y heridas profundas.

¿Por qué pasa esto?

Somos humanos, imperfectos, así que nuestras relaciones son imperfectas también. Cada uno carga con sus propias heridas: faltas de carácter, defectos y egoísmos. Como estamos juntos, estas se suman y, por lo tanto, se agudizan. Seguiremos teniendo desacuerdos, sentimientos encontrados, etcétera. Sin embargo, hay algo que podemos hacer: responsabilizarnos y dejar de culpar. Cuando dejamos de culpar al otro por su actuar y nos responsabilizamos por nuestro actuar o por nuestra reacción ante lo que el otro hace, logramos dar un paso gigante hacia el amor y la aceptación del otro. Nos hace verdaderamente libres.

Lo primero: responsabilizarse


Puede ser que alguien hizo algo que nos haya molestado o herido, pero eso nunca será justificación suficiente para que respondamos de igual o peor manera. Aceptar con humildad nuestro actuar y comprender nuestros sentimientos, así como de dónde vienen (cuáles son nuestras heridas) nos ayuda a sanar poco a poco, y a responsabilizarnos por nuestros actos, comprendiendo también de mejor manera el actuar del otro.


La importancia del diálogo


Lo dicho en el punto anterior no significa que no debamos comunicarle al otro nuestro sentir o lo que no nos gusta: podemos hacerlo a través de un diálogo, ¡no con una discusión que se convierta en una guerra campal!


Antes de reclamar, mostremos nuestros sentimientos, nuestras emociones, y reconozcamos aquello que nos hizo reaccionar con el actuar del otro. Seamos sinceros y humildes al hacerlo. Aprendamos también a pedir perdón, pues esto nos ayudará a comprendernos mutuamente y a que crezca el amor entre nosotros.


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