Claves para una teoría del amor



Una de las características más atribuidas comúnmente al amor es la idea de que es algo que nos acontece, que se nos presenta y nos toma prisioneros por sobre nuestra voluntad. Algo sobre lo cual no tenemos dominio ni responsabilidad. Se cree que viene hacia nosotros por su cuenta, y que del mismo modo se puede ir, como cuando se dice “se terminó el amor”, la frase que tanto se escucha en las rupturas de pareja. ¿De qué se trata, entonces, el amor? ¿Cómo es posible amar para toda la vida en el matrimonio? Nos adentraremos en este artículo en la estructura del amor visto como síntesis de pasión y elección.


Amor como pasión


El amor como flecha que hiere el alma no deja de sorprender al herido. Agranda su misma llaga con la sola vista del arquero. Un daño que sabe dulce, que extraña y ama. ¿Qué ha sucedido? ¿Cómo es posible que una flecha pueda surcar los obstáculos de la impenetrable pared de la previsión y del control diarios? ¿Cómo un herido busca engrandecer la misma herida? ¿Qué enfermedad es esta?


Pues bien: así funciona la pasión. El significado etimológico de la palabra “pasión” es padecer el influjo de algo, sin que se haya decidido previamente. No somos nosotros quienes optamos porque la presencia de alguien nos afecte: somos, simplemente, susceptibles de aquella realidad que se nos presenta desde afuera. El amor nunca comienza dentro de nosotros, sino que nos llama desde el exterior.


Por eso decimos que el amor siempre es una experiencia des-centrante, porque nos hace ir hacia fuera de nuestro propio centro. La pasión nos predispone más allá de los cálculos sencillos o complejos que hagamos a lo largo de nuestra vida. “Deseo que sea de tal o cual manera”, “Deseo que tenga determinadas características”… La idealización de la persona que buscamos corrompe la razón, proyectando una imagen imposible de encontrar en sujetos reales. Esto no quiere decir que no debamos ser exigentes al momento de elegir, sino que debemos tener claros qué principios innegociables buscamos compartir, sin caer en la búsqueda implacable de un cónyuge à la carte.


Sabemos que lo que decimos puede sonar difícil, pero demos un vistazo a la pasión. Ella es una nota ontológica en el hombre, es decir, forma parte de nuestro ser. No se refiere a una actitud de vida ni a una acción, sino a la susceptibilidad de los sentidos y a lo que estos despiertan en la memoria e imaginación. Recordemos el adagio aristotélico: “no hay nada en la inteligencia que no haya pasado primero por los sentidos”. Los sentidos nos conectan con la realidad, a la que tendemos naturalmente, y que nos interpela por medio de su constitución material. Ella entra en nosotros, y nosotros en ella.


El amor despierta un interés especial por aquella realidad. Así, ya no nos centramos en un mero conocimiento intelectual, sino que nos acercamos a una persona que nos interpela a nivel sensible, afectivo e intelectual. Santo Tomás de Aquino nos dice que el primer efecto del amor es la liquefactio, [1] por la cual el amado derrite el corazón del amante, haciéndose espacio allí antes de que se solidifique nuevamente. De modo similar a lo que ocurre cuando metemos un objeto en un vaso con agua que luego, por alguna razón, dejaremos en el freezer. Al sacar el vaso, encontramos el objeto dentro suyo, y será sumamente difícil sacarlo de allí antes de que se licue el agua nuevamente.


El amor es una pasión causada por el bien y el entendimiento, [2] porque alguna nota del otro nos atrae, y la entendemos como algo bueno. En el interior de la persona que recibe este impacto se da un cambio. Se despierta una especie de correspondencia con aquello que nos atrae —la sensualidad, la simpatía, la ternura, la fortaleza y la belleza, entre otras—. Por este motivo, nos movemos hacia aquel bien por la misma atracción, lo deseamos. Sin embargo, los cuerpos muestran el límite del mismo deseo, ya que no puedo físicamente hacerlo uno conmigo.


Aun así, permanece en nosotros un sentimiento de apropiación, que debemos direccionar hacia algo posible. San Juan Pablo II nos habla entonces de una unión afectiva, presente en la intención personal que origina toda acción. Como si el otro estuviera en mí, y yo en él. Esto genera una alegría por aquello que ha ocurrido, y a esta alegría se la llama “complacencia”. Hasta aquí, el amor constituye una reacción frente a un bien que seduce e impacta.


Amor como elección


A raíz de la complacencia, se toma conciencia de lo que ha ocurrido, y la persona puede elegir libremente ese bien que le ha impactado. En esta instancia el amor, además de pasión, pasa a ser una elección: se elige, con la mediación de la inteligencia y de la voluntad, amar a tal persona.


Para que se dé esto, primero se debe valorar el impacto de aquel bien que nos atrae en relación a la vida en su totalidad. Es decir, vale hacerse la pregunta: ¿este amor al cual estoy llamado tiene relación con una plenitud en el horizonte de una vida lograda, buena y feliz?


Si la respuesta es no, la prudencia invita a alejarse de ese bien que sólo es aparente, ya que los sentidos y un juicio erróneo muchas veces pueden engañarnos, y mostrarnos como bueno algo que no lo es. O tal vez tampoco es un bien en determinada circunstancia o estado de vida.


Por ejemplo: una mujer bella y atractiva es un bien en sí misma, pero no es una opción de bien para la vida de alguien ya casado o con votos de castidad. Y, sin embargo, su belleza puede impactarlos, puede generar atracción en ellos. La clave aquí está en cuánto espacio estas personas le den a ella en su imaginación y en su corazón. Es aquí en donde entra la capacidad propiamente humana de razonar y decidir si seguir ciegamente una pasión que contraría el bien para nuestra vida, o comprender esto y no darle cabida en nuestro interior.


De modo contrario, cuando la respuesta es un sí, se puede afirmar que aquella persona es un don presentado por Dios para el resto de la vida, es alguien que viene a ser nuestra vocación. De esta manera, el otro se nos revela como una opción de vida en la que se enraizarán las subsiguientes opciones. Se trata de alguien con quien entrar en comunión, con quien compartir la vida y perfilar el camino de la misma vocación matrimonial.


Este constituye ciertamente un gran misterio de Dios. Puede afirmarse que esta predisposición por la cual fuimos afectados en aquella pasión se debe a la Voluntad de Dios. En este caso, la elección de amar a esa persona que nos impactó, y que implica una perfección en nuestra vida, es una acción virtuosa, ya que afirma y sigue a la Voluntad Divina.


Y ahora nos preguntamos, ¿cómo se da en lo concreto el paso de la pasión a la elección? Habíamos dicho que en la primera instancia se guarda esa imagen del otro que impacta como un recuerdo del amado en el interior. Es esta misma presencia del amado en el amante lo que permite pensar las acciones que se van a realizar como tendencias a la búsqueda del bien de este. Es decir: el amor que me impulsa a buscar el bien del amado.


De esta manera, la pasión se vuelve movimiento hacia la perfección del otro. Estimula la prudencia, porque considera los medios disponibles y los pone al servicio del otro. Puede apreciarse, entonces, que la elección de amar busca hacerse acción. El fin del acto de amar debe ser siempre y únicamente la persona. Esto quiere decir amar al otro por lo que es, y buscar su bien: la plenitud a la que está llamada, la verdad más profunda de su ser.


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Para concluir esta teoría del amor, es muy bello pensar cómo siempre es Dios quien nos ama primero, tanto desde la eternidad como en los momentos decisivos de nuestro tiempo terrenal. Cuando hablamos del amor de los esposos, resulta muy hermoso comprender que fue Dios quien puso en nuestra vida a nuestro cónyuge, quien nos lo “presentó” con las cualidades justas para que impactara en nuestro corazón. Dios nos da a nuestro esposo o a nuestra esposa como un don inmenso a cuidar, un jardín para hacer florecer.


Este es el camino de la santidad matrimonial: saber ver el amor que se nos presenta como un regalo para nuestra vida, y elegir tomarlo en nuestros brazos para custodiarlo y llevarlo a su perfección. Y esto se hace con cada pequeño acto de amor. Cuando decimos que el amor matrimonial es una elección para toda la vida, no hablamos de un ideal inalcanzable como la cima de una montaña. Al contrario, nos referimos a que el gran “sí” que damos frente al altar lo renovamos con cada acción del día, con cada beso antes de dormir, con cada noche que le decimos a nuestro cónyuge —a veces, sólo con la mirada—: “Hoy te vuelvo a elegir para siempre”.


El amor se pone en juego y se elige en cada instante, aún y sobre todo en los momentos más oscuros y difíciles. ¿Cómo es posible hacerlo? Con la gracia del sacramento del Matrimonio, que asume este amor en la verdad, que funde ambos corazones en el Amor Divino con la imagen del amado, de modo que permanezcan para siempre como sello indeleble uno dentro del otro.


[1] Cf. STh I-II, q. 28, a. 5, ad

[2] Cf. STh I-II, q. 27


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