¿Cómo integrar las 4 dimensiones del amor?



Nos parece interesante y oportuno reflexionar sobre las dimensiones de la persona que se observan también en el acto de amar. Somos una compleja unidad de cuerpo y espíritu, conformada por diversos dinamismos que se ponen en juego en cada una de las experiencias humanas. Y, si tenemos en cuenta que el amor es una experiencia primordial en la vida del hombre, resulta todavía más interesante velar por la integración de estas dimensiones. Para la describirlas seguiremos a J. Noriega en su libro El Destino del Eros [1] y el legado filosófico- teológico de K. Wojtyła [2], es decir, de san Juan Pablo II [3].


Amar es la acción más grande y humanizante que cualquier persona puede realizar, en la que se decide, a su vez, todo su destino. De hecho, san Pablo escribe un bellísimo himno a la caridad [4], y san Juan de la Cruz llega a afirmar: “A la tarde te examinarán en el amor; aprende a amar como Dios quiere ser amado y deja tu condición” [5].


Sin embargo, para “amar como Dios” es necesario que reconozcamos primero cómo Dios nos ha hecho, la constitución humana. En este sentido, conviene que observemos la propuesta de J. Noriega respecto de las cuatro dimensiones de la experiencia amorosa [6].


#1 Dimensión corporal-sensual


Es la dimensión más evidente a nivel sensible. Se refiere al otro en cuanto «cuerpo-percibido», sin olvidar el primer dato acerca de él: su carácter sexual, que permea toda la representación sensible del otro. Experimentamos, entonces, sus valores sexuales en cuanto complementarios con el propio cuerpo.


La atención de uno y de otro se centran en esta misma complementariedad, que podemos considerar como una primera aproximación al lenguaje del cuerpo por medio de la atracción sensible. El acto hacia el cual se mueve esta dimensión es la unión sexual, la cual, una vez alcanzada y en la mayoría de los casos, produce una satisfacción sensual, un placer carnal.


#2 Dimensión afectivo-psicológica


Nos adentramos, pues, en el impacto que produce la persona del otro en nosotros, el modo en que permanece en nosotros por medio de la memoria y la imaginación, motivadas por la atracción percibida al inicio. La emoción experimentada es el producto de la propia captación del modo en que el otro vive y expresa su masculinidad o feminidad. San Juan Pablo II las considera como “las dos conciencias complementarias del significado del cuerpo” [7].


A nivel psicológico, observamos una tensión recíproca hacia la comunión, evidenciada, a su vez, en la primera dimensión. Aquella comunión entre las personas cautiva por la posibilidad de ingresar al mundo interior del otro, o sea, a su modo masculino o femenino particular de reflexionar sobre la realidad. Este descubrimiento de la intimidad personal del otro fascina y provoca el deseo de tender un puente entre su mundo y el propio. De esta manera se realiza el acto propio de esta dimensión: la unión de sentimientos, que busca sentir y cavilar “juntos” la realidad, y produce un cierto placer afectivo.


#3 Dimensión personal


En esta dimensión nos maravillamos por la persona del otro. Si bien partimos de una complementariedad sensual y afectiva, ahora intentamos dilucidar que el amor que experimentamos hacia ella es, justamente, hacia su «persona» per se. Vale decir, el peso específico de su existencia, como mencionaba el orfebre en El Taller del Orfebre, de K. Wojtyła, atendiendo al peso de las alianzas. El «peso específico» que señala la entereza de su existencia en cuanto «ella misma».


El «estupor» generado por la consideración de la unicidad y alteridad del otro [8] me llama a promocionar, justamente, esa «alteridad», para apreciar una manifestación cada vez más perfecta de su persona. Al mismo tiempo, encuentro, gracias a las dimensiones anteriores, que la forma de realizarlo es por el «don sincero de uno mismo» [9]. El cuerpo y los sentimientos que el otro provoca en mí impulsan el deseo de la donación, así como la certeza de una cierta reciprocidad y el establecimiento de una comunión de personas que permita, a través de la reciprocidad, adquirir perfecciones subjetivas, según la vocación social e inicial de los sujetos. Entonces sentimos un gozo (gaudium) espiritual, que proviene de la mutua comunicación de la riqueza espiritual de los esposos.


#4 Dimensión religiosa


Esta dimensión es clave para dar una unidad esencial a las anteriores tres. No se trata, pues, de un agregado “para los católicos”, sino de la llave para comprender el valor de la unidad de las dimensiones en la integridad de la acción.


En este momento nos centramos en el sentimiento de estupor que la consideración de la irrepetibilidad del otro nos causa, e intentamos dilucidar su origen. Nos hallamos ante las antípodas del misterio de Dios presente en nuestro cónyuge. Vemos que en él hay algo que lo atraviesa, trascendiendo su misma persona y, al mismo tiempo, confiriéndole sentido y, por lo tanto, valor real y objetivo. Es un hijo de Dios y, como todo hijo, es único.


Así llegamos al acto correspondiente a esta dimensión: la alabanza y la acción de gracias por la persona del amado. Agradecemos a Dios por su existencia, por su don para con nosotros, porque Él la hizo regalo para mí en especial y para la humanidad entera. Somos conscientes de que es Su voluntad que nos amemos, que es el plan de santidad que Él nos propone. De este modo, se vive una oración que comulga con el Creador y produce en nosotros una beatitud (beatitudo) que anticipa la Bienaventuranza celestial, cuando nuestra comunión sea plena en Dios.


La integración del amor


San Juan de la Cruz nos aconseja: “Toma a Dios por esposo y amigo con quien te andes de continuo, y no pecarás, y sabrás amar, y se harán las cosas necesarias prósperamente para ti” [10]. Buscando comprender y realizar la voluntad de Dios, el hombre nunca se equivocará: buscará vivir la santidad como acto de justica para con el Creador.


Al revés de como sucede en el proceso de reconocimiento del otro, para lograr un verdadero orden de las dimensiones hacia el amor debemos partir de la consideración de la última dimensión: el otro es un hijo de Dios amado con un amor divino particular, lo cual se expresa en su identidad tan única. Esta elevada consideración del otro exige una donación que le esté a nivel, por lo que debemos buscar corresponder a la dignidad del amado mediante acciones que tengan en cuenta efectivamente esta misma integridad. No conviene centrarnos sólo en los valores sensuales sin comprender su ubicación integral en el organismo personal.


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La integración de las dimensiones a modo personal es también conocida como ordo amoris. El amor ordenado a la promoción del otro es virtuoso, y toma su forma de la caridad que se da por entero al otro. El compromiso personal de la integración obedece a aquella misma dinámica interna que exige respuesta; entiéndase, responsabilidad frente al don recibido. De esto se trata la virtud de la castidad, la cual ordena todos los dinamismos de la persona hacia la donación en el amor.


¿Es esto posible?, podríamos preguntarnos. Claro que es posible integrar y armonizar los dinamismos del amor. Pero esto implica una transformación en la persona, que reconoce que hay un horizonte de vida buena y feliz lograda a través del amor al cual está llamado desde el inicio de su existencia. Para poder lograrlo, es necesaria la convicción y el trabajo personal en la realización de hábitos que se conformen en virtudes. Sin embargo, esto no alcanza. Es imprescindible la confianza y el auxilio de la Gracia de Dios, presente en los Sacramentos, medios privilegiados que Cristo nos dejó para redimir nuestro corazón y hacerlo capaz de amar a la medida divina: para siempre.


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[1] Cf. J. Noriega, El Destino del Eros, Editorial Palabra, Madrid 2007. [2] Sobre todo, en sus libros Persona y acto y Amor y responsabilidad. [3] En especial en las Catequesis (1979-1984) sobre “La redención del cuerpo y la sacramentalidad del matrimonio” o, como varios las conocen, sobre la teología del cuerpo. [4] I Corintios 13, 1-13 [5] Dichos de Luz y Amor, 59. [6] Cf. J. Noriega, El Destino del Eros, cit., 42-47. [7] San Juan Pablo II, Catequesis, 21/11/1979, 1c [8] Vale la redundancia: alius, aliud, alia. [9] Cf. Concilio Vaticano II, Constitución Pastoral Gaudium et Spes, 12. [10] Dichos de Luz y Amor, 67.