¿Cómo hablar de sexualidad?



En la actualidad, suele hablarse de la sexualidad desde una perspectiva física e ideologizada, como si las relaciones sexuales se redujeran a saciar placeres meramente corporales, sin otro fin; no se contemplan otras dimensiones. Y es que los medios de comunicación, la industria musical y cinematográfica, e incluso las escuelas, nos presentan una visión simplista de las relaciones humanas, que conduce a disvalores y al hedonismo.


Por ello, en este artículo me gustaría compartir algunas reflexiones sobre la importancia de hablar de una sexualidad integral, basada en el amor y en la responsabilidad.


La sexualidad no se reduce a la genitalidad


La presente tendencia a reducir la sexualidad a la genitalidad también hace de ella un culto, como si no importara otra cosa. Tal es así, que la relación sexual se ha convertido en un fin en sí mismo, y ese fin es asociado al placer personal, sin contemplar otros aspectos de las relaciones humanas. Ello conduce a la cosificación del otro y a la falta de compromiso con él, lo cual dificulta establecer vínculos sanos con uno mismo y con los demás.


Esta imagen monocromática de la sexualidad está ampliamente difundida en los medios de comunicación, y los “pasamos la noche y luego me olvido” parecen tener un lugar destacado entre los jóvenes. Sin embargo, al ser una máscara demasiado pequeña para su verdadero rostro, el consumo de este sexo hueco constituye una fuente de insatisfacción: no sólo no da respuesta a otras necesidades humanas, sino que las excluye y, en consecuencia, las limita.


Pero, ¿qué es la sexualidad? Es el conjunto de características físicas —genitales y extragenitales—, psicológicas, afectivas, comunicativas, etcétera, que definen al hombre y a la mujer, invitándolos a complementarse. Entonces, las relaciones sexuales integran a las personas no sólo desde una perspectiva física, sino también desde el compromiso, el amor y la posibilidad de engendrar una nueva vida, de formar una familia y de compartir proyectos juntos; por el contrario, reducir la sexualidad al placer genital es como tomar un fruto y sólo comer la cáscara.


La sexualidad bien entendida es una expresión del amor


Todos conocemos alguien que entre lágrimas dijo “se acostó conmigo y me dejó”, o “Le conté mis sentimientos y me dijo que sólo quería pasar el rato”; todos conocemos a alguien que sufrió un desamor a causa de un concepto vacío de la sexualidad que se ha vendido y que muchos han comprado. Tal es así, que hoy en día resulta mucho más fácil hacer una invitación a un hotel que a una cita romántica. O hablar sobre qué pose sexual gusta más no causa nada, pero hablar de sentimientos es un acto de coraje. Entonces, ¿es el amor quien lastima, o lastiman las personas que no saben amar? Y la respuesta es la segunda opción.


Debe quedar en claro que el amor no lastima, sino que construye, protege, cuida, acompaña. Nos impulsa a mejorar en pos del bien del otro. Ahora bien, la sexualidad también debe ser entendida como un acto de entrega y de plena confianza. Como una manifestación de ese amor y cariño que construye una intimidad en la que los dos pasan a ser uno solo. En este ámbito, el placer no se reduce a la piel, sino que trasciende, involucrando sentimientos y emociones, pues antes que desnudarte el cuerpo, la sexualidad sana desnuda tu alma. Sabe mirar con los ojos del corazón, y te acepta con tus virtudes y defectos.


La castidad como puente hacia el amor


Suele confundirse la castidad con la virginidad y la abstinencia sexual; sin embargo, son tres cosas diferentes.


La castidad es la virtud de ordenar el placer hacia el amor, y todo lo que ello implica. Ahora bien, ¿qué significa ordenar el placer hacia el amor? Significa que, si bien el placer es muy importante, no debe estar por encima del amor y del respeto hacia el otro, para que las personas —como lamentablemente sucede hoy en día— no sean usadas como objetos descartables.


Así, la castidad nos enseña a reconciliarnos con nosotros mismos y a valorarnos; nos demuestra que nuestra vida vale demasiado como para conformarnos con una noción cuadrada de sexualidad que nos estanque en lo momentáneo. Somos mucho más que un rato de placer y un juego de sábanas.


La visión de la sexualidad desde el plano de la castidad no considera a la persona como un objeto de satisfacción sexual; nos invita a la trascendencia, presentándonos una sexualidad sana en la que encontramos seguridad, confianza y un refugio en el otro. No sólo se reduce al acto sexual, sino que comprende la construcción de un vínculo único, que los hace únicos en el mundo desde la mirada mutua. Puedes contar tus problemas sin sentirte juzgado, puedas llorar porque sabes que van a consolarte; sabes que a tus palabras no se las lleva el viento, que podés ser vos mismo sin miedo al rechazo, y que no debes fingir para agradar. Puedes dejar que te acerquen a vos mismo y te hagan saber que sos una persona genial. Ahí es. Y eso es la verdadera sexualidad.


La sexualidad no es un tema tabú


Antiguamente, la sexualidad era un tema tabú. Sin embargo, aún hay resabios de ese “evitemos hablar del tema” en ciertos sectores, siendo de vital importancia promover una sexualidad basada en el amor y la responsabilidad. Esto es así, ya que, cuando el tema no es abordado, las respuestas se buscan en otro lado, y esto resulta peligroso: muchas veces, lo más asequible son los medios de comunicación, que tienden a reducir la sexualidad a la genitalidad y el hedonismo. Es importante aclarar que la sexualidad es buena: es una característica del ser humano, y abordarla no debería ser un problema, ni motivo de juicio o culpa.


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Esto de hablar sobre la sexualidad también es una forma de enseñar a cuidar nuestro corazón: sólo comprendiendo qué implica una verdadera relación sexual sana podremos ser libres a la hora de elegir a nuestra pareja y proyectarnos.


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