Anatomía de las canciones de amor



¿Cuántas veces te ha pasado eso de escuchar una canción y sentir que “te está hablando a vos”, o que “está hablando sobre vos”? Muchas parejas tienen incluso “su” canción, y hasta he llegado a escuchar a alguien sospechar que hubiera micrófonos secretos con los que compositores y cantantes acechaban para copiar lo que le pasara.


La realidad es que una buena canción, en tanto composición poético-musical —es decir, en tanto creación artística—, puede llegar mucho más lejos de lo que su creador espera. Desde este punto de vista, ¿por qué es que las canciones de amor nos permiten “meternos” en ellas…, y qué se supone que debamos hacer al respecto? Hoy vamos a reflexionar acerca de este tema, que inconscientemente puede llegar a moldear en gran parte nuestras concepciones y percepciones acerca del amor.


El resplandor de la verdad


La canción, como todo poema, no tiene por qué contar una historia verdadera —de hecho, eso de “contar historias” es más bien para la narrativa: cuentos, novelas…—. Pero tengo para mí que toda buena canción tiene detrás de sí al menos una semilla de verdad.


Pensemos en la canción que cada uno quiera. En tu canción favorita, en esa que realmente te conmueve. Quizás la verdad en ella no sea algo que de verdad vivió su compositor —¿por qué una canción estaría obligada a ser autobiográfica?—, pero estoy convencida de que sentirás allí ese remanso de libertad mental que, puesto que “La verdad os hará libres” (Jn 8, 32), solo trae la verdad.


Claro: una canción no transmitirá la verdad en el mismo grado que una crónica policial, una tesis científica o un tratado de Teología, pero, cuando escuchamos una canción bella, es indudable que la Verdad está allí, dándose la mano con la belleza y con la bondad.


Educar la sensibilidad


¿Con esto quiero decir que debo escuchar una canción buscando esa verdad, intelectualmente alerta? En absoluto: primero, doy por sentado que todos buscamos la verdad, siempre, como reflejo de Dios. Pero no estoy tan segura de que sepamos educar nuestra sensibilidad de modo tal que disfrutemos en profundidad el arte en su inmediatez. No estoy tan segura de que sepamos disfrutar una buena canción, con su letra y con su música. A veces por demasiado intelectuales, a veces por flojos, y siempre con una sensibilidad poco educada… El mundo de hoy adolece de una enorme falta de sensibilidad.


Y para educarla, como en todo en esta vida de virtud, se requiere tiempo. ¿Alguna vez te sentaste a escuchar una canción, poniendo todo de vos para dejarla transportarte con su belleza? ¿Alguna vez te tomaste el tiempo de compartir una canción con tu pareja, de simplemente sentirla, de respirarla juntos? Te invito a que —lejos de intelectualizar un tema que te gusta, de leer mil comentarios del video de Youtube viendo qué interpretan los demás o de crear teorías enrevesadas acerca de a qué se estará refiriendo— te permitas abrir el corazón a esa semilla de verdad que la canción puede traerte.


Flexibilidad de las canciones


Hemos establecido ya que una buena canción puede no tener nada que ver con la vida de su creador…, ni de nadie, a decir verdad. Así, una buena canción de amor puede referirse a un caso particular, o estar pensada para un “tú” empírico, real y concreto, pero la verdad que aloja nos hablará más allá: es posible que tenga algo para decirnos acerca del amor —¡aunque no tanto como un podcast de AmaFuerte.com…, a no perdérselos!—.


¿Por qué pasa esto? ¿Cómo se puede pasar con tanta naturalidad de lo particular a lo general? Bueno, es que, si existe un género poético que podemos llamar “flexible”, ese género es la canción. La poesía en general ya tiene mucho de eso, pues cuando leemos el famoso verso “poesía eres tú”, de Gustavo Adolfo Bécquer, nos identificamos enseguida con ese “tú” —y nos gusta, ¿verdad?—. Eso es lo que los estudiosos llaman la “flexibilidad” de los roles en la poesía: el que lee se puede identificar con el “tú” en casos como en el de Bécquer, y también, en las condiciones adecuadas, puede identificarse con el “yo”.


Pero la canción, con su música y sus estructuras, está pensada para insertarse en nuestro mundo cotidiano, y eso hace que más que un objeto fijo, se transforme —dicen los musicólogos— en un proceso. Pensemos que, en definitiva, los “ladrillitos” básicos de la canción son, por un lado, sonidos, y por otro lado, palabras. El más mínimo cambio en una palabra puede cambiar por completo el “yo” o el “tú” de una canción: si canto “duerme mi niño” en vez de “duerme mi niña”, mis hijos ya saben a cuál de ellos me estoy refiriendo. ¡Y es sólo una letra!


Al decir que una canción es un proceso, nos referimos a que está haciéndose constantemente. Y eso ayuda a que cada uno pueda hacerla propia —¡basta con escuchar la misma canción en tres misas de barrios diferentes para comprobarlo!—, llevándola consigo, alterándola un poquito, agregándole inconscientemente toda la carga semántica y emocional que termina por relacionarla con nuestra propia historia.


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Hemos dicho que, más allá de atarse o no a una persona o situación en concreto, la canción de amor puede comportar una verdad más profunda. También te he invitado, en primer lugar, a educar tu sensibilidad —dándote el tiempo para contemplar creaciones bellas, incluso con tu pareja—, para poder aprehender esa verdad, y disfrutar la canción en plenitud. Ello te ayudará a poder apropiártela de un modo especial: esa flexibilidad es una puerta abierta para que entres en la canción, dejando en ella —al escucharla, al interpretarla, al difundirla— una huella de tu propia visión del mundo.


Por eso, cuando tu pareja, o cuando un amigo, te comparte una canción y dice “Siento que está hablando de mí”, no tengas miedo de preguntarle: “¿Por qué te parece que sentís eso?”. Después de todo, la historia de la humanidad nos enseña que los primeros poemas, las primeras canciones, no se reproducían en diferido —en un CD, en un canal de Spotify, en un audio de WhatsApp reenviado mil veces…—, sino en la inmediatez de su creación. Quizás, junto a un fuego que nos protegía de las fieras. Quizás, en un ritual con el que celebrábamos a Dios, aún sin haberle puesto el rostro de Cristo. Quizás, sin Smartphones de por medio, mirándonos a los ojos, cara a cara…


Las canciones —más aún, debo decir, las de amor— son, serán, y deben ser una invitación a conocer al otro. ¿Cómo? Identificando las huellas de sí que ha dejado en ellas, al compartirlas con nosotros.


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