4 consecuencias de la masturbación de las que nadie habla



La forma como vivimos nuestra sexualidad no solo implica la vivencia del placer sexual, sino que tiene un impacto directo en nuestra autopercepción y en las relaciones humanas interpersonales que vivimos con los demás. La sexualidad humana ha sido nocivamente reducida a su área biológica y genital, cuando en realidad, para hacer justicia a la grandeza de la sexualidad y la dignidad humanas, es fundamental promover su desarrollo en su conjunto, y en todos sus ámbitos. El ejercicio de la sexualidad se refiere a la manifestación de la persona humana —hombre y mujer— en el mundo, desde el ámbito psicológico y emocional, social, espiritual y biológico.


Cuando se reduce el fundamento de la sexual a la consecución indiscriminada de placer sexual, se violenta la propia sexualidad, con lo cual se impiden su correcto desarrollo y ejercicio. ¿El resultado? Personas profundamente frustradas en materia sexual, reduccionistas, inmediatistas, heridas e inmaduras, tanto afectiva como emocionalmente. Esta visión de la sexualidad se evidencia en la promoción constante de prácticas masturbatorias, pues se las vende como necesarias para el autoconocimiento, la satisfacción personal y hasta la salud. Sin embargo, aquí te presento cuatro consecuencias negativas de la masturbación, las que nadie habla:


#1 Tergiversa el propósito propio de la sexualidad humana de ser un don


Cuando se normaliza la idea de que podemos obtener placer sexual inmediato encerrados en nosotros mismos y sin la entrega comprometida a otra persona, el cuerpo, la mente, y el corazón se incapacitan, poco a poco, para vivir la vocación al amor expresado en la sexualidad. Una dinámica de placer que implica solo recibir una gratificación inmediata —y no abrirse a la reciprocidad de entregarnos en el sacrificio continuo que exige el verdadero amor— jamás nos llevará a la plenitud de las relaciones ni de la experiencia sexual.


#2 Convierte a la persona en objeto de placer


Requiere para su ejercicio que creemos mentalmente fantasías sexuales, en las cuales objetivizamos a otros como medios para el propio placer. Adicionalmente, y en la mayoría de los casos, nos lleva al consumo de pornografía para sostener el hábito masturbatorio, y esto nos degrada. En efecto, implica obtener gratificación sexual por medio de la mercantilización de mujeres, hombres y menores, como objetos que se venden para el placer.


#3 Afecta la visión que tenemos de nosotros mismos


La masturbación deforma la autoestima y el valor que se tiene de sí mismo, ya que convierte nuestro propio cuerpo en un objeto de estimulación, un medio para un fin, y no un fin en sí mismo. Así como sienta el terreno para normalizar interiormente el uso de otros, lo hace también para dejarnos usar por otros.


#4 A largo plazo, produce insatisfacción sexual


Bajo una falsa premisa de libertad, nos lleva a vivir la sexualidad de forma compulsiva, inmediatista e irreal. En ningún campo profesional o médico está claro dónde está el límite o el exceso de esta práctica: no sabemos realmente cuánto es “mucho”, ni cuándo se llega a la adicción. Las cantidades de dopamina producidas por el cerebro mediante las fantasías, imaginaciones y consumo de pornografía, son excesivas para poder llevar a la consecución del orgasmo. De esta manera, a largo plazo, la persona necesita cargas y estimulaciones cada vez más grandes, fuertes y constantes para alcanzar el disfrute sexual, lo que se traduce en una incapacidad de disfrutar relaciones sexuales reales, una profunda frustración sexual, y una incapacidad cada vez mayor de llegar al orgasmo; en muchas personas incluso culmina en problemas como eyaculación precoz o impotencia sexual. Resulta en personas egoístas en la vivencia del amor, e incapaces de compromisos serios, estables y fieles.


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La grandeza de nuestra sexualidad merece mucho más que instantes de placer egoísta. Merece mucho más que lo que ofrece la masturbación. Recuperar la plenitud del valor de nuestra sexualidad es posible, pero primero debemos ser sinceros con respecto a la realidad de las practicas más normalizadas y promovidas. Debemos vivir una sexualidad responsable.


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